martes, 17 de febrero de 2009

Jack el Destripador - Desde el infierno verdadero

Ayer volví a ver una película que si bien ya tiene sus años, no deja de impresionarme por lo bien realizada que esta. “Desde el Infierno” (From the Hell) de los Hermanos Hugges. Si bien la película a cosechado todo tipo de criticas que van desde las buenas a las muy malas, yo prefiero alinearme con quienes piensan que es una muy buena producción.

Que si el comic es superior y no esta bien adaptado (eso no se duda) o que los hechos, comparados con la realidad, no son narrados muy fielmente son factores secundarios cuando lo que vale es contar una historia de una manera clara, atrapante y entretenida. De las muchas películas basadas en las “hazañas” de Jak el Destripador esta es la mejor por lejos.

Atención: Algunas imágenes pueden afectar la sensibilidad del lector

Pero no es mi intención hacer una crítica detallada de la película, sino intentar marcar las diferencias entre los hechos y la ficción.Tomo como referencia esta película porque la ambientación y recreación de época y de geografía son casi perfectas.
Tal como se ve en la película, la zona de Spitalfields tiene sólo unos cientos de metros cuadrados. Se extiende entre la calle Comercial y Brick Lane, con la calle Whitechapel como línea sur, y se encontraban en ella los peores albergues y tugurios de Londres.


Mucho antes de la época del Destripador, Spitalfields se había convertido ya en la “peor zona” de Londres, como toda zona que junta pobreza.
La zona puede quedar limitada a cuatro o cinco calles en las que vivían las victimas de Jack el Destripador, y fue en ellas donde cometió sus horribles delitos.

Emma Smith, una prostituta de cuarenta y cinco años, tiene el horrible honor de ser una de las últimas victimas de asesinato antes de que el Destripador comience a actuar. El hecho ocurrió el lunes de Pascua, 13 de abril de 1888. Al regresar a su casa a la una y media de la noche, después de haber estado en una taberna, Emma fue atacada por tres hombres que la robaron y la abandonaron por muerta en la calle Osborn de Spitalfields. Llevada al hospital de Whitechapel, se le apreció ruptura de peritoneo, perforado por un instrumento romo empleado con gran fuerza, según el cirujano.

Sobrevivió más horas en penosa agonía antes de sucumbir a sus heridas, pero no pudo describir a sus atacantes, aparte de afirmar que aparentaban unos diecinueve años de edad. El robo puede haber sido el motivo del asesinato de Emma Smith, por lo que la Policía creyó en la existencia de una banda organizada, como las que solían recorrer Hoxton Market y la calle Old Nichol y que se dedicaban a atacar a las prostitutas. Los bandidos, luego, les ofrecían a las pobres mujeres su “protección” a cambio de sus ganancias, por lo cual se adujo la teoría de que Emma pudo negarse a pagar (en la película amenazan a Mary Kelly).

Luego vino Martha Tabram, hecho ocurrido cuatro meses más tarde, casi exactamente en el mismo sitio donde Emma Smith fue atacada con un instrumento romo y entonces el fantasma del destripador comenzó a flotar sobre Whitechapel. El asesinato de la Tabram no tuvo ningún sentido, aparte del de su frenesí, y por esto muchos expertos en criminología lo han atribuido como “el debut” del Destripador.
Martha Tabram difería de las prostitutas cuyas muertes se achacan a Jack el Destripador en un aspecto: era una “mujer de soldados”. Si las remeras de Whitechapel constituían una clase especial, las “mujeres de soldados” eran una subclase, caracterizada por su lealtad a los uniformados de su Majestad.

En la época se consideraba a las “mujeres de soldados” como mujeres baratas, de baja categoría y, a menudo, enfermas.
En la madrugada del 7 de agosto de 1888, el silencio fue roto por un estremecedor grito de “¡Socorro! ¡Me matan!”, que resonó a través de los edificios “George Yard,” en donde ahora está la calle Gun-thorpe, de Spitalfields. El grito despertó a la señora Francis Hewitt, portera del bloque de pisos, aunque no se alarmó demasiado. Tales gritos eran corrientes en la vecindad, donde los maridos zurraban a sus mujeres con monótona regularidad.

El cochero Albert Crow, que vivía en los antedichos edificios, volvía a casa cuando al subir a su piso, vio que alguien estaba tendido en el rellano de la primera planta.
“Pero estoy tan acostumbrado a encontrar gente dormida en la escalera” explicó más adelante en el juicio, “que no hice caso... ni aún para ver si se trataba de un hombre o una mujer”.

John Reeves, otro inquilino, resbaló sobre lo que luego resultó ser sangre coagulada, al descender la escalera para dirigirse a su trabajo, una hora y media más tarde. Había ya bastante luz y Reeves pudo distinguir, en medio de un charco de sangre coagulada, el cuerpo de una mujer.

Martha Tabram, había sido apuñalada treinta y nueve veces. La mayoría de sus órganos vitales, incluyendo los pulmones, el corazón, el hígado y el bazo, habían sido traspasados, habiendo sido infligidas las heridas por alguna clase de daga.

Pearly Poli, una amiga de la victima y compañera de oficio, dijo que había estado con Martha la noche del crimen, y que ambas habían sido requeridas en la ronda Whitechapel por dos soldados, uno de ellos un cabo, que las invitaron a beber en el “Blue Anchor”.

Habían abandonado el local entre los últimos parroquianos, tras lo cual los dos soldados habían estado discutiendo el precio de sus favores. Puestos todos de acuerdo, las parejas se habían separado, yéndose Martha con su soldado en dirección a los edificios “George Yard”, mientras Pearly Poli y su cabo se dirigían a un lugar oscuro conocido apropiadamente como el “Callejón del Ángel”. Eran la una y cuarenta y cinco, y Poli ya no volvió a ver con vida a Martha Tabram.


Sir Melville Macnaghten, más adelante, aseguró que Poli había identificado a los dos soldados en la Torre de Londres, pero que no había querido denunciarlos. Macnaghten dijo posteriormente que no creía que Tabram haya sido victima del Destripador ya que el modus operandi difería de las demás victimas.

Yo creo que eso no se sabe ni se sabrá, pero también hay que tener en cuenta que el modus operandi de Jack, fue progresivo y con cada victima el destripador se esmeraba más. La garganta de la Tabram no había sido cortada, como en los demás crímenes del Destripador, ni las heridas de su cuerpo demostraban ningún conocimiento médico. Al parecer, fueron el resultado de una mente frenética, y no la fría brutalidad ginecológica de Jack el Destripador.

Veinticuatro días después del asesinato de Martha Tabram, de camino hacia el mercado de Spitalfiels donde trabajaba a eso de las 3,20 de la madrugada del viernes, 31 de agosto, el mozo de mercado George Cross, llegó a uno de los callejones de Whitechapel, que a la mitad del mismo tenia situado el matadero de caballos de Barber, que le había dado al vecindario una fatal reputación y se encontró de pronto con un extraño bulto en la calle.

En un comienzo pensó que se trataba de un paquete caído de algún camión de reparto. De no ser mozo de mercado tal vez habría pasado de largo, pero debido a su oficio y creyendo haber descubierto algo de valor, cruzó la calle para ver de qué se trataba. Al acercarse, vio que se había equivocado y que, en realidad, se trataba de una mujer.

En aquel momento, Cross oyó pisadas y se encontró con otro mozo del mercado, llamado John Paul.
Ambos hombres se inclinaron y examinaron el cuerpo de la mujer lo mejor que pudieron. Cross le tocó el rostro, aún caliente y entró en pánico. Ambos se alejaron a buen paso no deteniéndose hasta llegar a Baker's Row, donde hallaron al policía Misen de la División H, de Whitechapel al que comunicaron su macabro hallazgo.

Lo más curioso es que cuando los dos hombres examinaron el cadáver no vieron en absoluto que tenía la garganta abierta de parte a parte.

Por Buck's Row pasaba con regularidad otro policía, John Neil, placa 97-J (¿es necesario mas información?), cuya ronda tenía lugar cada media hora.

A las 3,45 de la madrugada, o sea en el momento en que ambos mozos de mercado estaban comunicando su hallazgo, su linterna enfocó sobre el bulto oscuro en la acera, bulto que no había estado allí en su ronda anterior. Sosteniendo en alto la linterna, vio que se trataba del cuerpo de una mujer. Estaba de espaldas al suelo con los ojos muy abiertos.

El sombrerito había rodado hasta en medio de la calle, y tenía desajustadas las ropas. Agachándose, el policía le tocó el brazo, caliente desde el codo hacia, arriba. “Caliente como una tostada”, testificó más tarde. También notó un fuerte olor a ginebra. Pero no fue hasta que pretendió levantar a la mujer que observó el corte de su garganta, y la sangre que aún manaba de la herida.


Inmediatamente el policía se dio cuenta que el criminal no podía hallarse muy lejos. Su ronda duraba solamente doce minutos, debía haber pasado por aquel mismo lugar a las 3,15, y entonces no había visto ni oído nada anormal. En ese momento llegó el oficial Hines y enterado de la situación fue buscar al doctor Llewellyn!

Veinticuatro horas antes de haber sido encontrada con la garganta segada, Mary Ann Nicholls (alias Polly), que éste era el nombre de la mujer asesinada, había sido arrojada del albergue del número 18 de la calle Thrawl, de Spitalfields, por no tener los cuatro peniques que costaba la cama.

“¡No importa, no tardaré en tener ese dinero! Mirad el gorrito tan precioso que llevo”. Y señaló el sombrerito de fina paja nuevo que más tarde fue encontrado en medio de la calle, pero que en aquellos momentos lucía orgullosa sobre su cabeza. Le suplicó al conserje del albergue que le guardase la cama hasta que tuviese aquellas miserables monedas y se internó en la noche.

Polly Nicholls era una de esas pobres mujeres, pecadoras para la aristocracia londinense, sin ilusión y sin atractivo alguno. Sólo con un metro cincuenta y cinco de estatura, daba la impresión de pequeñez, tez enjuta y con la falta de cinco dientes, producto de una pelea.
La última persona que vio con vida a Mary Ann Nicholls fue Emily Holland, compañera suya de cama en el albergue de la calle Thrawe, la cual se la encontró a las 2,30 del viernes, 31 de agosto, o sea una hora antes, aproximadamente, de que fuese asesinada.

“Polly Nicholls estaba borracha y se apoyaba en una pared”, según su amiga. Polly le explicó que tenía reservada una cama en el albergue de la calle Flowery Dean, donde dormían hombres y mujeres. Añadió que aquel día había ganado tres veces el dinero para la cama, pero que se lo había gastado en bebida. Su amiga intentó persuadirla para que se fuese con ella, pero Polly musitó algo respecto a tener que volver a conseguir más dinero. Emily la dejó recostada contra la pared, tambaleándose, por la Whitechapel Road.

Eran ya las cuatro de la madrugada cuando llegó Ralph Llewellyn, cirujano de la Policía, a la calle Buck's Row para examinar el cadáver de Polly Nicholls. Observó que la mujer estaba tendida sobre la espalda con las piernas estiradas, como si durmiese. Le habían segado la garganta de oreja a oreja, cortando por completo las arterias carótidas, si bien solamente había unas cuantas gotas de sangre en la acera.

“Sólo la suficiente para llenar dos vasos de vino o media pinta de cerveza”, según el propio cirujano. Llewellyn se sorprendió al hallar las piernas y los brazos aún calientes, indicando que llevaba muy poco tiempo muerta. Vestía un impermeable de color del moho, y debajo un vestido marrón, dos enaguas de franela y un par de corsés muy apretados. Medias de algodón negro y unas botas con botones a los lados completaban su atuendo personal. Los únicos artículos que se le hallaron encima fueron un peine y un pedazo de espejo.


Si el cirujano le hubiese levantado las enaguas habría realizado un horrible descubrimiento. La mujer había sido rajada por el vientre, si bien los corsés y las enaguas ocultaban esta crueldad. Empezando en la parte más inferior del abdomen, el corte subía casi hasta el diafragma. Era un corte profundo, que seccionaba por completo los tejidos, dejando al descubierto parte de los intestinos. En el abdomen había otras varias incisiones, y otros tres o cuatro cortes en el costado derecho. Todos ellos habían sido causados, aparentemente, por un cuchillo de hoja muy larga, moderadamente afilado y empleado con suma violencia.

No se tardó mucho en identificar a la muerta. Las marcas de las enaguas sirvieron para identificarla como Polly Nicholls, de cuarenta y dos años de edad, una “desdichada” sin hogar fijo. Un objeto hallado sobre su persona, el pedazo de espejo, llevó a la Policía hasta los albergues de Spitalfields, ya que esta concesión a su vanidad había marcado a Polly como asidua a tales establecimientos, tal como las marcas de las enaguas habían traicionado su origen.

Polly Nicholls había estado casada con William Nicholls, maquinista de imprenta, en la ronda Old Kent. Tubo cinco hijos pero ella pasaba sus tardes en ciertos salones en lugar de cuidar de su prole, y en 1881 el matrimonio naufragó. Nicholls acusó a su esposa de deserción, en tanto ella le acusaba de estar enredado con la portera durante su último encierro.

En los tribunales de justicia, durante los años siguientes, Polly, con indomable furia, persiguió al impresor para que la mantuviera así como a los niños. Durante una temporada, Polly vivió con su padre, Edward Walter, un leñero de Camberwell, pero siguió emborrachándose y promoviendo altercados, y aunque su padre no la echó de casa, ella se alegró de marcharse.

Durante los cuatro meses que precedieron a su muerte fue de albergue en albergue, terminando finalmente en el número 18 de la calle Thrawl, de donde fue arrojada el 30 de agosto de 1888, porque no tenía los cuatro peniques para la cama.

Por aquel entonces el comisario de la Policía Metropolitana era Sir Charles Warren, un general de los Ingenieros Reales, cuya principal calificación para el puesto de comisario parece haber sido su habilidad para manejar a los bantús en Grinqualand West. Era un hombre sorprendentemente elegante, con fiero bigote y un monóculo insertado en su ojo derecho; sabía montar a caballo, y a veces llevaba el antiguo sombrero de la Policía “de chimenea”, cuando iba de uniforme.

Debido a la gran inquietud social que reinaba en Londres en 1888 es que la Reina Victoria eligió a Sir Warren. La idea de este para restaurar la confianza pública fue reorganizar Scotland Yard de acuerdo con técnicas militares, poniendo a oficiales del Ejército en puestos ejecutivos. Así, en 1887, nombró dos nuevos superintendentes, ciento sesenta y ocho inspectores y ciento noventa y seis sargentos, mientras que el número de policías mermaba en ochenta y nueve.

La verdadera prueba de fuerza tuvo lugar el 13 de noviembre de 1887, que más tarde se inscribió en el calendario socialista como “el domingo sangriento”, cuando una muchedumbre de desempleados calculada en 20.000 personas convergió en Trafalgar Square desde todas las partes de Londres. Para oponerse a esta fuerza colérica, Sir Charles ocupó el sitio con 4.000 policías, más destacamentos de los Guardias Life y los granaderos. Alineados en el parapeto de la Galería Nacional, había trescientos granaderos con las bayonetas caladas y veinte cargadores en sus correajes.

Todo terminó en unos cuantos minutos, doscientos manifestantes quedaron malheridos, necesitando tratamiento clínico y dos sucumbieron a sus heridas. “Los manifestantes consiguieron lo que se merecían" según The Times, que dedicó ocho columnas y media a la crónica del incidente. El diario lamentaba que muchos hubiesen escapado a tan merecido castigo.
El domingo sangriento le valió a Sir Charles ser nombrado caballero, y el odio unánime de toda la población obrera de Londres.

Ocho días después de el asesinato de Plly Nichols, al rayar el alba, John Davies, un mozo de mercado que vivía en el 29 de la calle Hanbury, descubrió el cuerpo de una mujer, tendido en el patio del edificio..., no lejos, hay que señalar, del sitio donde Polly Nicholls había sido asesinada.

El cuerpo yacía en el hueco, entre los peldaños y la tapia de la casa vecina, y el brazo izquierdo había sido colocado sobre el seno del mismo lado, con las piernas elevadas descansando sobre el suelo y las rodillas hacia fuera.

El rostro, vuelto del lado derecho, estaba amoratado, y la lengua hinchada y saliente entre los dientes, pero sin asomar más allá de los labios; todo ello sugería que el asesino había colocado sus manos sobre la boca de la víctima, a fin de que no gritase. El cuerpo había sido desventrado y, con destreza quirúrgica, le habían quitado el útero y sus apéndices. Como nota extraña, dos anillos de latón, evidentemente pertenecientes al dedo corazón de su mano izquierda, y unos cuantos peniques se hallaban a los pies de la víctima.


Davies, el mozo del mercado, corrió a notificar su hallazgo a la comisaría de la calle Comercial, y desde allí avisaron a George Bagster Phillips, el médico forense. Rápidamente, el patio del número 29 se pobló de policías y hombres con trajes de color marrón y sombreros hongos, todos ellos detectives. Tras los preliminares, Phillips ordenó que el cadáver fuese trasladado al depósito de la calle Old Montague donde fue identificado como Annie Chapman de 47 años.

Al transcurrir la mañana, se amontonó un gentío de centenares de personas en el número 29 y surgían alaridos de terror de todas partes, según The Times. La noticia del crimen se extendió rápidamente por todo Londres, y cuando apareció la primera edición de los diarios de la tarde, la gente asaltó a los vendedores.
A medida que avanzó el día comenzaron a circular los más siniestros rumores, añadiendo más histerismo a la confusión reinante. Se decía que el asesino había garabateado un mensaje en el muro del patio de la calle Hanbury:
“Cinco...15 más... y desistiré”.

Algunos llegaron a afirmar que el mensaje lo había escrito con sangre de la víctima. Otros, particularmente una tal señora Fiddymount, esposa del propietario del “Príncipe Alberto”, adujo una historia igualmente morbosa.

Se encontró también en un rincón del patio del número 29, bajo una canilla, un delantal de cuero de los que se solían utilizar en el matadero. El delantal estaba manchado con sangre.
En aquel fin de semana se escuchó la primera mención del misterioso personaje del delantal de cuero, un monstruo conjurado por la voluntad colectiva que iba a llevar la investigación del asunto del Destripador hasta un punto en que el inspector jefe Aberline (personificado por Jhonny Deep en la película) explotó con justificado encono:
“¡Que no vuelva a oír jamás semejante apodo!”

“Delantal de Cuero” era más un símbolo que un ser humano; más aún, era el apodo aplicado a una serie de personajes que se tornaron sospechosos por la mera posesión de este talismán.
La primera mención pública del delantal de cuero, sin embargo, apareció en The Times, el cual añadió que en más de doscientos albergues visitados por la Policía con la esperanza de encontrar algún rastro del misterioso personaje, no ha sido posible hallar de él la menor huella.

La Prensa no se cansaba de repetir que cuatro prostitutas habían sido asesinadas por la misma mano criminal desde el mes de abril, y que la Policía aún no había capturado al asesino ni tenía la menor pista positiva. Y al aumentar la crítica del público, la Policía perdió la cabeza y comenzó a arrestar a todo el mundo, sin discriminación .alguna. Los extranjeros sospechosos, los rateros, mendigos, obreros cockneys y los restantes frecuentadores de los albergues, todos fueron objeto de las redadas para ser estrechamente interrogados, teniéndoles que soltar casi inmediatamente por no hallar culpa alguna en ellos.

El más sensacional arresto del domingo se hizo en Gravesend, cuando William Henry Piggott, de cincuenta y dos años, fue arrestado después de haber hecho lo humanamente posible para atraer sobre sí las sospechas de la Policía.
Piggott quedó bajo custodia mientras se comprobaban sus movimientos; luego se certificó su locura y se le encerró en un asilo de Bow.

Unos días mas tarde los titulares de los periódicos rezaban:
“A las nueve de esta mañana, el sargento de detectives William Thicke, de la División H, que se halla a cargo del caso, ha conseguido capturar al hombre conocido como “Delantal de Cuero”. No hay duda de que es él el asesino, ya que en su posesión se han hallado gran cantidad de cuchillos de hoja larga y diversos sombreros”.

El hombre a quien “capturó” el detective era John Pizer, de treinta y tres años, judío polaco empleado como zapatero, y The Times proporcionó todos los detalles relativos al arresto. El sargento Thicke había ido a la casa de Pízer, en la calle Mulberry, en Whitechapel.
El histerismo colectivo de “Delantal de Cuero” era simplemente un camuflaje del antisemitismo. Y en John Pizer encontraron a la víctima ideal. Además de ser dotado de cualidades tales como “mirada penetrante” y la habilidad de andar como un gato, se afirmaba que “Delantal de Cuero” era judío y extranjero.

Se dice que Pizer era un individuo de un aspecto singularmente repelente, a creer las versiones que de él dieron los diarios de la época.
Después del asesinato de Polly Nichols, Pizer, se encerró en su habitación, como medida de precaución debido a que sabia como era el mundo con gente como el, y no salió hasta el momento de su arresto, habiendo estado sin que le viese nadie desde las diez y cuarenta y cinco minutos del jueves, 6 de septiembre, hasta las nueve de la mañana del lunes, 10.

Pero los apuros del judío aún no habían terminado. Lo mantuvieron encerrado veinticuatro horas, seguramente a petición suya para escapar al linchamiento de la multitud, y la Policía se tomó el trabajo de concederle la inocencia públicamente. En caso contrario, seguramente hubiese sido linchado.

No fue tan afortunado otro judío llamado Jacobs, que trabajaba en un matadero, y que también era conocido como “Delantal de Cuero”. Jacobs era perfectamente inofensivo, pero su vida se tornó insoportable después de ser interrogado por la Policía. Dondequiera que iba era señalado como el asesino de Whitechapel, y más de una vez tuvo que huir a refugiarse a la comisaría más próxima, a fin de escapar a la colérica muchedumbre que le amenazaba. Por fin, perdió la razón y tuvo que ser recluido en un asilo.

Durante las indagaciones, la señora Richardson volvió a ser llamada al estrado para declarar con respecto al delantal de cuero que había sido encontrado en el patio trasero del numero 29. La Policía no le había dado esta información a la Prensa por temor a que la noticia crease cierto pánico. El testimonio de la señora Richardson, por tanto, fue la primera declaración pública de haber sido hallada tal prenda en el lugar del crimen, resultando ser la sensación del día. La mujer identificó el delantal como perteneciente a su hijo John, quien lo utilizaba en su trabajo.

“El jueves pasado hallé el delantal en el sótano, donde se estaba pudriendo. Mi hijo hacía un mes que no se lo ponía, de forma que lo puse bajo el grifo del lavadero con intención de lavarlo. Allí se quedó.” Declaro la señora Richardson.

El testigo más importante del juicio, fue la señora Elizabeth Long, esposa de un guarda de parques, que habitaba en el número 198 de Church Row, en Spitalfields. La señora Long le contó al jurado que pasaba por la calle Hanbury, de camino al mercado, a las cinco y media de la madrugada, el día del crimen, cuando vio a un hombre y a una mujer de pie delante del número 29.

Discutían en voz alta, y oyó cómo el hombre preguntaba: “¿Quieres?”, a lo que la mujer contestó: “Sí” Tras haber visto los restos de la difunta en el depósito, la señora Long identificó positivamente a Annie la Morena como la mujer a quien había visto. No había vislumbrado la cara del hombre, aunque había observado que era moreno.

Le pareció de más de cuarenta años y algo más alto que la Chapman. Llevaba un sombrero marrón, y creía haber divisado una levita oscura, aunque no estaba segura. Le pareció que era extranjero, y su aspecto era gentil. La pareja continuó en el mismo sitio, y ella no se molestó en volver la vista atrás.

Como resultado de la mirada casual de la señora Long, que según admitió no había sido suficiente para divisar el rostro del hombre, dicha señora parece haber extraído cierto número de observaciones respecto al aspecto del hombre, particularmente lo de la apariencia “gentil”.

Sin embargo, es la primera testigo que puede afirmar haber visto al Destripador junto a su víctima antes de cometer uno de sus alevosos asesinatos. Con toda seguridad, la Policía se atuvo a la descripción de la señora Long al trazar el retrato del asesino.
Gracias a las declaraciones de la señora Long, Albert Cadoche y otros testigos del juicio, pudo trazarse el horario de la siguiente manera:

2 madrugada: Se vio entrar a un hombre en el pasaje del número 29 de la calle Hanbury, de acuerdo con la descripción puesta en circulación por la Policía (nunca se reveló quién le vio).
4,45: El cadáver de la Chapman no se hallaba en el patio, según el testimonio de John Richardson.
5,20: Albert Cadoche oye ruidos ahogados en el patio.
5,30: La señora Long divisa a un hombre y una mujer frente al número 29.
5,55: Es descubierto el cadáver por John Davies.

Si estas horas son correctas, el asesinato debió tener lugar entre las 5,30 y las 5,55, momento en que la calle Hanbury ya estaba llena de mozos que se dirigían al mercado. Entre los diversos problemas sin solución, The Times planteó éste:

El asesino debió salir del patio de la calle Hanbury chorreando sangre, y, sin embargo, si la teoría de que el asesinato se cometió entre las cinco y las seis debe ser aceptada, tuvo que ir andando por las calles casi a plena luz del día, en medio de la gente, sin que su asombroso aspecto causase la menor sorpresa.

Este punto conduce al The Times a sugerir que hay que abandonar la teoría de que el asesino procediese de los bajos fondos.
Es más probable que se trate de un individuo que habite en una casa decente del distrito, a la que puede retirarse rápidamente y en la que puede hacer desaparecer de su persona todo vestigio de su abominable hazaña. Es casi seguro que el asesino no se aventuraría a volver a un albergue oliendo a sangre.
Tal vez se habrían salvado las vidas de otras tres desdichadas si la Policía hubiese seguido estas directrices.

El doctor Phillips fue uno de los últimos testigos en declarar en las indagaciones pasando el informe de la autopsia realizado e Annie Chapman. El testimonio puede encontrarse en The Lancet, la publicación médica semanal, que describió la mutilación del cuerpo de la Chapman como sigue:
El abdomen estaba abierto por entero; los intestinos, segados de sus uniones mesentéricas, habían sido puestos al descubierto, sobre el hombro del cadáver, mientras que la pelvis, el útero y sus apéndices, con la porción superior de la vagina y los dos tercios posteriores de la vejiga, habían sido suprimidos por entero.

No pudo hallarse ¿menor rastro de tales órganos, y las incisiones estaban ejecutadas con primor, evitando el recto y dividiendo la parte baja de la vagina a fin de no lesionar la cerviz del útero... Obviamente, se trata de la obra de un experto, de alguien, al menos, que tiene conocimientos de anatomía o patología que le capacitan para asegurar los órganos pélvicos con el corte de un cuchillo que, como ha indicado el señor Phillips, debe de ser de unos quince centímetros de largo, como máximo.

Phillips se mostró completamente de acuerdo en la destreza del asesino y calculó que él mismo no habría llevado a cabo tal mutilación en menos de un cuarto de hora. De haber él quitado estos órganos de manera deliberada durante una autopsia, habría tardado casi una hora, afirmó en su declaración.

“Annie Chapman vivía en un albergue de Spitalfields, donde las mujeres de su condición eran hacinadas como el ganado” empezó el juez de guardia Baxter y, volviéndose hacia los jurados, continuó:
“No había evidencia de lucha. Las ropas no estaban destrozadas. El canalla debió asirla y oprimirle la garganta hasta dejarla insensible por la asfixia, y luego debió abatirla al suelo. Entonces procedió a cortarle el cuello y a mutilar el cuerpo. Y todo esto fue cometido con fría impudencia y gran osadía. Nada es más elocuente que la forma cómo el criminal vació los bolsillos de su víctima, dejando su contenido a sus pies, con toda precisión”.

Otro rasgo común de este caso con el de la calle Buck's Row, fue no haberse oído ningún grito. Dormían dieciséis personas en la casa número 29 de la calle Hanbury, cuyos tabiques eran de madera. Ninguna oyó un solo ruido en toda la noche. El juez de guardia, entonces, resaltó de qué manera el asesino había querido que la primera persona que saliese al patio descubriese el cadáver.

“Lo cual, en realidad, no está de acuerdo con el gran trabajo que se tomó para quitarle los anillos, y sugiere que o bien fue interrumpido en su tarea por alguien, o la luz del alba le dio a entender que podía ser descubierto y se dio a la fuga”.

Unas horas después de la declaración del médico, un oficial de una de las grandes Facultades médicas se puso en contacto con el juez de guardia Baxter, asegurando que tenía una información muy valiosa sobre el caso.
El juez de guardia Baxter se dirigió al instante a la Facultad, donde el viceconservador del museo patológico le contó esta fantástica historia: Unos meses antes le había visitado un americano, rogándole le procurase cierta cantidad de órganos, como los que le faltaban al cadáver de la difunta Chapman, ofreciéndose a pagar veinte libras por pieza.

El americano alegó que estaba estudiando un tratamiento para los trastornos femeninos y que proyectaba enviar un órgano con cada ejemplar de la publicación. Al negarle tal solicitud, exigió que se le entregasen tales órganos. Deseaba conservarlos en glicerina, y no en alcohol, para que pudieran mantener un estado fláccido, intentando que fuesen enviados directamente a América.

El juez de guardia Baxter se enteró de que el americano había acudido a otra institución médica, siendo rechazada su propuesta. Naturalmente, el juez de guardia había pasado inmediatamente está información a Scotland Yard.

Pero todos estos rumores e investigaciones llegaron a nada como todas las pitas en este caso.
Sin embargo, los habitantes del East de Londres no esperaron a que Sir Charles Warren tuviera éxito en sus esquivas investigaciones. Con una rapidez tanto más de admirar cuanto que fue espontánea, procedieron a tomarse la ley por su mano, organizando comités de vigilancia y patrullando de noche por las calles de Whitechapel. Los sindicalistas, los graduados de Oxford que trabajaban en Toynbee Hall, los vendedores ambulantes de Witechapel..., todos entraron a formar parte de las patrullas.

Las patrullas sufrieron algunos incidentes cómicos. Como regla, los patrulleros y los detectives privados trabajaban de común acuerdo, pero el Daily News publicó un artículo que podía titularse La comedia de los vigilantes vigilados. En aquella ocasión, según el News, algunos policías disfrazados de paisano, ajenos a la vecindad, fueron espiados por los miembros del Comité de Vigilancia de Whitechapel, mientras éstos a su vez se hallaban bajo el escrutinio de los detectives.

El debate público de “que debe hacerse” se difundió a través de los medios periodísticos y se hizo eco en todo Londres.
Suponiéndole un megalomaníaco, de acuerdo con la evidencia de sus crímenes, cómo debió disfrutar el asesino con el debate que había promovido. Con qué alegría debió asistir al caos y la consternación creados con su cuchillo. Y no pudo contenerse.

El jueves, 27 de septiembre, la agencia “Central News”, con oficinas en Fleet Street, recibió la siguiente carta, escrita en tinta roja, y estampillada en “Londres, East Central”:

Querido jefe:
He oído decir que la Policía me anda buscando, pero todavía no he sido apresado. Me río cada vez que presumen de su astucia y afirman estar sobre la pista. La broma respecto a Delantal de Cuero me causó un ataque de hilaridad.
Me asquean las rameras y no dejaré de destruirlas hasta que esté satisfecho. El último trabajo fue verdaderamente magnífico. No le di a la mujer tiempo de gritar. Y ahora, ¿cómo me podrán atrapar? Me gusta mi trabajo que no abandonaré. Usted no tardará en volver a saber de mí.
Había conservado un poco de sangre en una botella de cerveza, para escribirle con ella, pero resulta que está coagulada y no puedo utilizarla. La tinta roja sirve lo mismo. ¡Ja, ja, ja!
La próxima vez que actúe le cortaré a la dama las orejas y se las enviaré a la Policía como recuerdo. Guarde esta carta hasta mi nuevo trabajo, y luego tirela. Mi cuchillo es estupendo y muy afilado, por lo qué deseó trabajar inmediatamente, si tengo ocasión. Buena suerte.
Sinceramente suyo,
Jack el Destripador.
No me importa dar mi nombre de guerra. Ahora dicen que soy un médico... ¡Ja, ja, ja!

Así vio la luz del día el nombre de Jack el Destripador por primera vez. El origen de este apodo compuesto no es difícil de adivinar. «Jack» era un nombre popular, que habían ostentado grandes criminales del pasado: Jack Shepphard (no es el de “Lost”), Spring Heeled Jack, Sixteen-Stringed Jack, Three Fingered Jack y Slippery Jack, para mencionar sólo unos cuantos. “High Rip” era el nombre dado a las bandas que comerciaban con las prostitutas, bien despojándolas, bien haciéndoles pagar un tributo.

El empleo de ciertos modismos no ingleses, como Boss (Jefe), Fix me (atrapar), shan't quit (no abandonaré), y Ríght away (inmediatamente) hicieron pensar que el asesino podía ser un americano. A este respecto, la Prensa recordó una serie de brutales asesinatos ocurridos en Austin (Tejas), en 1885, cuyas víctimas, tras haber sido robadas, habían sido matadas con un hacha. Un lector del Daily Telegraph llegó a declarar que la carta del Destripador era versión exacta del estilo tejano.

El destripador estaba ganado la apuesta, su nombre estaba en todos los titulares y en la boca de todo el mundo. Ya estaba pronto a pegar otra vez, pero antes creyó necesario enterar a la Policía de sus intenciones, esta vez con una nota enviada desde Liverpool, el sábado, 29 de septiembre, firmada “Jack el Destripador”, que decía:

“Sepan que trabajaré en las Minorisas a la doce de la noche, proporcionándoles a las autoridades una buena oportunidad, pero no habrá ningún policía cerca de mi cuando ejecutaré el trabajo”.

La calle llamada de las Minorisas va desde la Torre de Londres hacia el norte. En el siglo XIII fue la sede de un convento fundado por las Clarisas o Minorisas, de donde la calle adoptó el nombre. Pero en realidad, el trabajo de Jack se localizó en la plaza Mitre, que aquél transformó en una auténtica sala de disección.

La Policía se hallaba todavía enfrascada en la lectura de tan extraño mensaje fechado en Liverpool, cuando el domingo, 30 de septiembre, la agencia “Central News” recibió una postal enviada desde un buzón del East End. La escritura de la postal era idéntica a la primera del Destripador, pero se diferenciaba de aquélla en que había sido redactada después del crimen, y para subrayar mejor el efecto macabro ostentaba la sangrienta huella de un pulgar:

“No bromeé cuando le pasé la noticia, querido jefe —rezaba la postal—. Mañana se enterará del nuevo trabajo de Jack Esta vez ha sido un suceso doble. El número uno ha gritado un poco. No pude terminar la tarea. No podré enviarle las orejas a la Policía. Gracias por haber conservado la última carta hasta éste mi nuevo trabajo.
Jack el Destripador”.

La postal fue enviada el domingo, cuando en la Prensa todavía no se había publicado nada referente al doble asesinato de la noche anterior. Sólo el verdadero asesino pudo estar enterado del intento frustrado de cortarle la oreja a una de las víctimas.

Continuará...

8 comentarios:

Stefani dijo...

Vaya pedazo de post!
Enhorabuena!

Joker 23 dijo...

Que bueno!...que interesante (y largo) post....estos son los que me gustan de los blogs...
Yo sostengo que el mundo era mas divertido antes....

saludos!

Tom/Shine. dijo...

Jack, macabramente fascinante, en serio.
Se me pasaba una idea por la cabeza, mientras escuchaba Jackie Jackson y Jaqueline de Franz Ferdinand, Jack (el destripador) era hombre? Quien sabe.
Por cierto, bastante largo el post, pero alucinante. See ya!

Santos G. Monroy dijo...

Joder, Corto, se me está haciendo la boca agua de pensar en el gustazo que me daré leyendo este acojonante post cuando salga del trabajo... ¡Jack The Ripper!! Uno de los temas que más me ha fascinado desde chiquitajo... Desde ya, gracias, muchas gracias, por el tremendo esfuerzo que te deben suponer estos artículos, tío. ¡Saludos!!!!

Yen_lo dijo...

Muy bueno el post. Espero con impaciencia el final de la historia.

Corto Maltes dijo...

Les pido disculpas a todos por la longitud del articulo pero es que tanta información es difícil de resumir. Estoy intentando dar la mayor información lo mas resumido posible como para que se pueda entender el fenómeno que rodea al asesino. Yo sugiero imprimir y leer tranquilos y con tiempo (al que le interesa el tema por supuesto).

GaTo Y RenGo dijo...

hola, cai por aca, no la vi la peli pero me la recomendaron voy a ver si la puedo bajar a ver q tal saludos y buen blog!

Corto Maltes dijo...

Bienvenido Gato y Rengo. Que bueno que te guste el blog. Yo no pude acceder al tuyo a travez de tu perfil.