Navegando por la red me encontré con esta noticia:
Los estadounidenses creen que la ancianidad comienza a los 68 años, a menos que ya estén cerca de esa edad, reveló una encuesta difundida el martes.
Sesenta y ocho fue la edad media dada por 2.969 adultos de 18 años y más al ser consultados sobre cuándo creían que se empezaba a ser anciano.
Pero las personas de 65 años y más estimaron que la ancianidad comienza seis años después, a los 74 años, mientras que los que tenían de 30 a 64 años la ubicaron en torno a 70 años.
No obstante, los menores de 30 años bajaron la media a 68 al estimar que la ancianidad empieza antes de los 60.
La encuesta, realizada por el Pew Research Center Social and Demographic Trends, mostró también que los consultados de más edad coincidieron en un tema: personalmente no sentían haber alcanzado la ancianidad.
Cuando se les preguntaba si se sentían ancianos, casi siete de cada 10 adultos de 65 años y más indicaron que no. Incluso entre los de más de 75 años, una gran mayoría (61%) indicó que no se siente anciana.
A mi si me preguntan, creo que la vejes empieza cuando uno quiera que empiece, cuando uno decide ya no luchar contra un cuerpo que se niega a obedecer y nos lo hace notar con dolores por aquí y por allá. Mientras uno se imponga ignorando las molestias y metiendo voluntad para seguir, pues es que uno aun es joven.
Uno es joven cuando mantiene la cabeza abierta dispuesta a cambiar de opinión si no notamos que estamos errados y es viejo cuando creemos que tenemos toda la razón y nada cambiará nuestro parecer porque no nos detendremos ni un minuto en considerar que podemos estar equivocados.
Conozco tanto joven que parece viejo y tanto viejo que parece joven. Yo fui un joven viejo, me pasaba panza arriba en la cama todo el día y cada vez que quería, y ahora soy un viejo, viejo, me paso panza arriba en la cama todo el día… cada vez que puedo.
Parece que se viene la película sobre la vida de Michael Jackson, como no podía ser de otra manera, y quien está sonando mucho para este papel es nada más y nada menos que Jhonny Depp. Si me preguntan diré que creo que seria el único actor que me motivaría a ir al cine a ver esta producción porque si no fuera el, pues olvídense de mi entrada.
La noticia dice:
Johnny Depp acudió a Londres a la presentación de su última película, "Enemigos Públicos" y habló sobre la posibilidad de dar vida a Michael Jackson en un biópic.
"Obviamente, todos estamos tristes por la trágica y repentina muerte de Michael Jackson. Unos hijos han perdido a su padre. Unos padres han perdido a su hijo. Es, evidentemente, muy triste. Tengo un gran respeto a todo lo que ha hecho, una gran labor, es un verdadero genio", remarcó Depp sobre la alfombra roja.
El actor es famoso por sus papeles excéntricos y es consciente de los rumores que le han situado para interpretar a Michael Jackson: "En cuanto a darle vida en una película, es un rumor que yo nunca he tenido el placer de cultivar", agregó.
La semana pasada, Depp, de 46 años, confesó que no le gusta ver sus films: "Una vez que mi trabajo está hecho en una película, ya no es mi negocio. Me mantengo lo más lejos posible del producto acabado. Si puedo, estoy en un estado de profunda ignorancia. No me gusta verme a mí mismo".
Realmente me dan muchas ganas de ver a Depp como Michael pero veremos si solo son rumores o realmente este proyecto se hace realidad. Leer más...
Jenifer´s Body (El cuerpo de Jennifer) es la nueva película de Megan Fox que esta rodándose en estos momentos. El guión es obra de Diablo Cody (autora de 'Juno').
El argumento de la película nos habla de una escultural animadora, interpretada por Megan, que es poseída por el demonio. Con su innegable atractivo físico, el maligno se aprovechará para captar todas las almas de los chicos que se acercan a Jennifer, además de desatar una tremenda carnicería.
Seguramente muchos se preguntaran ¿por que es que esta película que no parece aportar nada nuevo tiene un lugar en este post? Pues porque se han publicado las últimas fotos de la película y de Megan tal como Jason Reitman, el director, lo afirmó hace unas semanas.
Por eso quienes no estén interesados en conocer detalles de esta película pueden dejar la lectura por aquí, pero quienes sean lo suficientemente babosos y quieran ver a Megan en topless, solo tienen que hacer click en “Leer más”.
Después no digan que no les advertí. El principal reclamo de 'Jennifers´s Body' es Megan Fox. Y desde el cartel hasta la práctica totalidad de las imágenes de la película explotan su atractivo físico.
Se cuenta por ahí que Megan Fox llegó al rodaje de Jennifer’s Body algo subida de peso, porque durante los meses anteriores a la filmación descuidó algo su dieta, según dice, “para confirmarme que mi éxito no era sólo por mi apariencia”.
Entonces no le quedó más remedio que adelgazar mucho y muy rápido. Con lo que entró en un círculo obsesivo en el que su dieta empeoró notablemente. Y tanto empeoró su alimentación, que la propia Megan Fox afirma que llegó hasta el punto de perder su cabello. Aunque afortunadamente, pudo salir de la situación.
Johnny Simmons, Megan Fox, Amanda Seyfried, Adam Brody y J.K. Simmons forman el reparto.
Curiosa es la similitud que tiene el póster de esta película con el de “True Blood”, la serie de vampiros protagonizada por Anna Paquin.
Espero que la inspiración de Diablo Cody para el guión sea más original que la de este diseñador para crear el póster.
Para finalizar quiero dejar bien en claro que esto no es un SMCLBPT de ningún modo. Puede que algun mal pensado piense eso pero lo desmiento rotundamente. Esto es un articulo de cine y el SMCLBPT de Megan Fox… vendrá mas adelante :P
Aquí les dejo la segunda parte que pensaba postear la semana que viene pero ya que me lo han pedido tan fervientemente los posteo ahora. ¿Querían miedito? Pues aquí lo tienen.
Se alejó a través de la niebla. Wells se tambaleó y le siguió como un hombre en trance. Yo sentí un horror más terrible que la muerte. El ruido era espantosamente alto, lo sentía en mis oídos, y sin embargo, en ese momento no me fue posible moverme. El muro de niebla se hizo más espeso. —¡Frank se perderá! —dijo la voz de Wells, que se elevó en un grito desesperado. —¡Volvamos! —fue Howard el que gritó ahora—. Será la muerte, o algo peor, pero no podemos abandonarlo.
—Seguid —dije en voz alta—. No me cogerán. ¡Salvaos vosotros! En mi ansiedad por evitar que se sacrificaran, eché a correr alocadamente. Un instante después me había reunido con Howard y le agarraba del brazo. —¿Qué es eso? —exclamó—. ¿De qué tenemos que tener miedo? El zumbido nos envolvía ahora, pero no era más fuerte. —¡ Sigue corriendo o estaremos perdidos! —me instó él frenéticamente—. Han derribado todas las barreras. Ese zumbido es un aviso. Nosotros somos sensitivos... hemos sido advertidos, pero si aumenta estaremos perdidos. Ellos son fuertes cerca del bosque de Mulligan; es aquí donde se han hecho sentir. Están tanteando ahora... abriéndose camino. Más tarde, cuando hayan aprendido, se extenderán. Si pudiésemos llegar a la granja...
—¡Llegaremos! —grité, mientras me abría paso a manotazos entre la niebla. —¡El cielo nos ayude si no podemos! —gimió Howard. Iba sin su chubasquero, y su camisa empapada se pegaba trágicamente a su cuerpo flaco. Avanzaba en la negrura a largas y furiosas zancadas. Muy delante de nosotros oímos los alaridos de Henry Wells. Las sirenas gemían incesantemente, e incesantemente, la niebla se enroscaba en torno a nosotros y nos envolvía. Y el zumbido continuaba. Parecía increíble que pudiésemos encontrar el camino de la granja en la negrura. Pero lo logramos, y entramos precipitadamente en ella dando gritos de alegría. —¡ Cierra la puerta! —exclamó Howard. Cerré la puerta.
—Aquí estamos a salvo, creo —dijo—. Aún no han alcanzado la granja. —¿Qué le habrá ocurrido a Wells? —pregunté sin aliento, y entonces vi las huellas mojadas que conducían a la cocina. Howard las vio también. Sus ojos brillaron momentáneamente de alivio. —Me alegra ver que está a salvo —murmuró—. Temía por él. Luego su rostro se ensombreció. La cocina estaba a oscuras, y ningún ruido salía de allí. Sin decir palabra, Howard cruzó la habitación y se internó en la oscuridad del otro lado. Yo me dejé caer en una silla, me enjugué el agua de los ojos y me eché hacia atrás el pelo que me había caído en mojados mechones sobre la cara. Permanecí sentado un momento, respirando agitadamente, y cuando la puerta crujió, sentí un escalofrío. Pero en seguida recordé lo que había dicho Howard: «Aquí estamos a salvo, creo. Aún no han alcanzado la granja.»
En cierto modo, yo confiaba en Howard. Él se daba cuenta de que nos amenazaba un nuevo y desconocido horror, y de alguna oscura manera había captado sus limitaciones. Confieso, sin embargo, que cuando oí los gritos de la cocina mi fe en mi amigo se tambaleó ligeramente. Oí gruñidos como no creo que hayan brotado jamás de una garganta humana, y la voz de Howard se elevó en una violenta reconvención. —¡Apártese! ¿Está usted completamente loco? ¡Nosotros le hemos salvado! ¡No, por favor... deje mi pierna! ¡Ahhh!
Al ver a Howard entrar tambaleante en la habitación, corrí hacia él y le cogí en brazos. Estaba cubierto de sangre de pies a cabeza y su rostro era de color ceniza. —Se ha vuelto loco, furioso —gimió—. Va a cuatro patas como un perro. Se me ha lanzado encima y casi me mata. He logrado zafarme de él, pero me ha dado un terrible mordisco. Le he pegado en la cara... le he dejado inconsciente. Puede que lo haya matado. Es un animal... tenía que defenderme. Deposité a Howard en el sofá y me arrodillé a su lado, pero él rechazó mi ayuda. —¡No te preocupes por mí! —me instó—. Coge una cuerda, rápido, y átalo. Si vuelve en sí tendremos que luchar para defender nuestras vidas.
Lo que siguió fue una pesadilla. Recuerdo vagamente que entré en la cocina con una cuerda y até al pobre Wells a una silla; luego lavé y vendé las heridas de Howard, y encendí un fuego en la chimenea. Recuerdo también que telefoneé pidiendo un médico. Pero los incidentes se confunden en mi memoria, y no tengo una noción clara de nada, hasta la llegada de un hombre alto y grave, de ojos afables y simpáticos, cuya presencia resultaba tan sedante como un narcótico. Examinó a Howard, asintió con la cabeza, y explicó que las heridas no eran graves. Después examinó a Wells, pero no asintió. Luego dijo lentamente : —Sus pupilas no responden a la luz. Será necesario operarle inmediatamente. Con franqueza, no creo que podamos salvarle.
—Esa herida de la cabeza, doctor —dije—, ¿ha sido hecha por una bala? El médico arrugó el ceño. —Me tiene perplejo —dijo—. Naturalmente, ha sido hecha por una bala, pero debería estar parcialmente cerrada. Penetra directamente en el cerebro. Usted dice que no sabe cómo ocurrió. Le creo, pero pienso que debería notificarlo inmediatamente a las autoridades. Seguramente se pondrán a buscar al homicida; a menos... —hizo una pausa—, a menos que sea él mismo quien se haya infligido la herida. Lo que usted me cuenta es muy raro. Parece increíble que haya sido capaz de caminar durante horas. La herida se ha curado, evidentemente. No hay sangre coagulada en absoluto. Paseó arriba y abajo.
—Debemos operarle aquí, en seguida. Existe una ligera posibilidad. Por fortuna, he traído algunos instrumentos. Vamos a despejar esta mesa y... ¿Cree usted que podría sostenerme una lámpara? Asentí. —Lo intentaré —dije. —¡Bien! El médico se ocupó de los preparativos mientras yo deliberaba en mi interior sobre si telefonear a la policía o no. —Estoy convencido —dije finalmente—, de que la herida se la ha hecho él mismo. Wells se comportaba de un modo muy extraño. Si usted no tiene inconveniente, doctor... —¿Sí? —Guardaremos silencio sobre este asunto hasta después de la operación. Si Wells vive, no habrá necesidad de involucrar al pobre hombre en una investigación policial. El doctor asintió.
—Muy bien —dijo—. Le operaremos primero y decidiremos después. Howard se rió en silencio desde el lecho. —La policía —dijo en tono de burla—. ¿De qué serviría que corriese detrás de esos seres del bosque de Mulligan? Había un acento irónico y siniestro en su risa que me turbó. Los horrores que habíamos conocido en la niebla parecían absurdos e imposibles ante la fría y científica presencia del doctor Smith, y no quise acordarme de ellos. El doctor se apartó de sus instrumentos y me susurró al oído: —Su amigo tiene un poco de fiebre, y parece que delira. Tráigame un vaso de agua y le prepararé un sedante. Corrí a buscar el vaso, y un momento después Howard dormía profundamente. —Tome —dijo el doctor al darme la lámpara—. Debe sostenerla firmemente, y enfocarla según le diga yo.
La blanca e inconsciente forma de Henry Wells yacía sobre la mesa que el doctor y yo habíamos despejado, y temblé de pies a cabeza al pensar en el panorama que tenía delante. Tendría que estar presente y contemplar el cerebro vivo de mi pobre amigo cuando el doctor lo dejara implacablemente al descubierto. Con dedos rápidos y experimentados, el doctor administró el anestésico. Yo me sentía oprimido por una espantosa sensación de que estábamos cometiendo un crimen, de que Henry Wells habría rechazado violentamente la operación, de que habría preferido morir. Es espantoso mutilar el cerebro de un hombre. Y no obstante, sabía que la decisión del doctor estaba por encima de todo reproche, y que la ética de su profesión le exigía operar.
—Ya estamos preparados —dijo el doctor Smith—. Baje la lámpara. ¡Ahora tenga cuidado! Vi moverse el bisturí entre sus dedos hábiles y competentes. Estuve mirando un momento, y luego volví la cabeza. Lo que capté en una fugaz mirada me puso enfermo y me mareó. Puede que fuese la imaginación, pero en el instante de fijar los ojos en la pared tuve la impresión de que el doctor estaba a punto de desvanecerse. No pronunció sonido alguno, pero estaba casi seguro de que había hecho un horrible descubrimiento. —Baje la lámpara —dijo. Su voz fue ronca y pareció provenir de lo más profundo de su garganta. Bajé la lámpara unos centímetros sin volver la cabeza. Esperé un reproche suyo, una maldición quizá, pero permaneció tan callado como el hombre que yacía en la mesa. Sabía, sin embargo, que sus dedos seguían trabajando, pues los oía moverse. Podía escuchar sus manos ágiles y veloces en torno a la cabeza de Henry Wells.
De pronto, tuve conciencia de que mi mano temblaba. Tenía ganas de dejar caer la lámpara; sentía que no podía sostenerla más. —¿Está terminando ya? —murmuré con desesperación. —¡Sostenga esa lámpara con firmeza! —me ordenó el doctor—. Si mueve la lámpara otra vez... no... no podré terminar de coser. ¡Me importa un bledo que me ahorquen! ¡No soy curador de demonios! Yo no sabía qué hacer. Apenas podía sostener la lámpara, y la amenaza del doctor me horrorizó. —Haga todo lo que esté de su parte —insté histéricamente—. Déle una posibilidad de volver a la vida. Era un hombre afable y bueno... ¡antes!
Durante un momento hubo silencio, y yo temí que no me hubiese escuchado. Esperé durante un rato que arrojara el escalpelo y la esponja para echar yo a correr y salir a la niebla. Cuando oí otra vez el movimiento de dedos, supe que había decidido dar al condenado una posibilidad. Pasada la medianoche, me dijo el doctor que ya podía dejar la lámpara. Me volví con una exclamación de alivio, y me encontré con un rostro que nunca olvidaré. En tres cuartos de hora, el doctor había envejecido diez años. Tenía oscuras ojeras bajo los ojos, y su boca estaba contraída convulsivamente.
—No sobrevivirá —dijo—. Tardará menos de una hora en expirar. No he tocado su cerebro. No podía hacer nada. Al ver... su estado... lo he cosido inmediatamente. —¿Qué ha visto? —medio susurré. Una expresión de indecible terror asomó a los ojos del doctor. —He visto..., he visto... —su voz se quebró, y todo su cuerpo se estremeció—. He visto... ¡Oh!, la gran vergüenza, el mal que carece de forma y de figura... De pronto, se enderezó y miró desorbitadamente en torno suyo. —¡Vendrán aquí y lo reclamarán! —exclamó—. Han dejado su marca en él, y vendrán por él. No deben quedarse ustedes aquí. ¡Esta casa está condenada a la destrucción! Le miré desamparadamente mientras cogía su sombrero y su maletín y se dirigía hacia la puerta. Con dedos blancos, temblorosos, quitó el cerrojo y por un instante su delgada figura se recortó en el rectángulo de ondulante vapor.
—¡Recuerde lo que le he advertido! —gritó; luego se lo tragó la niebla. Howard se había incorporado y se frotaba los ojos. —¡Ha sido una mala jugada! —murmuró—. ¡Drogarme deliberadamente! De haber sabido yo que ese vaso de agua... —¿Cómo te sientes? —le pregunté, sacudiéndole violentamente por los hombros—. ¿Crees que podrás caminar? —¡Me drogas, y luego me pides que camine! Frank, eres un artista muy poco razonable. ¿Qué pasa ahora?
Señalé la muda figura de la mesa. —El bosque de Mulligan es más seguro que esto —dije—. ¡Este hombre les pertenece ahora! Howard se puso en pie de un salto y me sacudió por el brazo. —¿Qué quieres decir? —exclamó—. ¿Cómo lo sabes? —El doctor ha visto su cerebro —expliqué—. Y ha visto también algo que no ha querido... que no ha podido describir. Pero ha dicho que vendrían por él, y yo le creo. —¡Debemos marcharnos de aquí inmediatamente! —exclamó Howard—. Tu médico tiene razón. Corremos un peligro mortal. Hasta el bosque de Mulligan..., pero no necesitamos regresar al bosque. ¡Tenemos tu lancha!
—¡Tenemos la lancha! —repetí, con la esperanza despertando débilmente en mi mente. —La niebla será nuestra más mortal amenaza —dijo Howard con el ceño fruncido—. Pero hasta la muerte en el mar es preferible a este horror. El muelle no estaba lejos, y en menos de un minuto se encontró Howard sentado a popa de la lancha, y yo manipulando furiosamente en el motor. Las sirenas gemían todavía, pero no se veían luces en ningún punto del puerto. No podíamos ver a un metro de nuestras narices. Los blancos fantasmas de la niebla se hacían vagamente visibles en la oscuridad, pero más allá de ellos se extendía la noche interminable, oscura y cargada de terror. Howard estaba hablando. —Siento como si reinase la muerte ahí fuera —dijo. —Hay algo más que la muerte ahí —dije, poniendo el motor en marcha—. Creo que podremos evitar las rocas. Hay muy poco viento y conozco el puerto. —Y, naturalmente, contaremos con las sirenas que nos guiarán —murmuró Howard—. Creo que será mejor que salgamos a mar abierto. Yo era del mismo parecer.
—La lancha no resistiría un temporal —dije—, pero no tengo el menor deseo de permanecer en el puerto. Si llegamos a mar abierto, probablemente nos recogerá algún barco. Sería un disparate quedarnos donde nos puedan alcanzar. —¿Cómo sabemos hasta dónde pueden llegar? —gimió Howard—. ¿Qué representan las distancias de la Tierra para seres que han viajado a través del espacio? Invadirán la Tierra. Nos destruirán a todos completamente. —Discutiremos eso más tarde —grité, mientras rugía el motor lleno de vida—. Nos alejaremos lo más posible. ¡Tal vez no se hayan enterado todavía! Mientras tengan limitaciones, podemos escapar. Avanzábamos lentamente por el canal, y el chapoteo del agua contra los costados de la lancha resultaba extrañamente tranquilizador. A sugerencia mía, Howard había tomado la rueda del timón y la movía lentamente.
—Mantente a la vía —grité—. No hay peligro hasta que lleguemos a los estrechos. Durante varios minutos seguí ocupado en el motor, mientras Howard gobernaba el timón en silencio. Luego, de pronto, se volvió hacia mí con un gesto de júbilo. —Creo que la niebla se está levantando —dijo. Miré hacia la oscuridad que tenía ante mí. Efectivamente, parecía menos opresiva, y las blancas espirales de bruma que se habían estado elevando en ella sin cesar se disolvían ahora en flecos inconsistentes. —Mantente a la vía —grité—. Estamos de suerte. Si levanta la niebla podremos ver los estrechos. Estáte atento a ver si descubrimos el faro de Mulligan. No es posible describir la alegría que nos invadió cuando vimos el faro. Amarillo y brillante, barría el agua e iluminaba vivamente las siluetas de las grandes rocas que se alzaban a ambos lados de los estrechos.
—Déjame la rueda —grité, y me acerqué rápidamente—. Este paso es peliagudo, pero ahora lo cruzaremos con facilidad. En medio de nuestra excitación y alegría, casi habíamos olvidado el horror que habíamos dejado atrás. Me hice cargo del timón y sonreí con confianza mientras nos desplazábamos por las negras aguas. Las rocas se aproximaron rápidamente, hasta que sus enormes sombras se elevaron por encima de nosotros. —¡Lo conseguiremos! —grité.
Pero no obtuve respuesta de Howard. Le oí toser y respirar con dificultad. —¿Qué pasa? —pregunté de pronto, y al volverme, vi que estaba encogido de miedo sobre el motor. Se hallaba de espaldas a mí, pero supe instintivamente en qué dirección miraba. La oscura orilla que habíamos abandonado brillaba como un crepúsculo inflamado. El bosque de Mulligan ardía. Unas llamas enormes se elevaban desde las crestas más altas de los árboles, y una espesa cortina de humo negro se desplegaba lentamente hacia el este, oscureciendo las pocas luces que quedaban en el puerto. Pero no fueron las llamas lo que me hizo gritar de miedo y horror. Fue la forma que se alzaba por encima de los árboles, la inmensa, amorfa silueta que se desplazaba lentamente por el firmamento. Bien sabe Dios que traté de creer que no había visto nada. Que traté de creer que la forma era una mera sombra que proyectaban las llamas, y recuerdo que agarré el brazo de Howard para darle confianza.
—El bosque quedará destruido completamente —grité—, y esos seres horribles que han venido morirán en él. Pero cuando Howard se volvió y movió negativamente la cabeza, comprendí que la oscura, informe monstruosidad que se elevaba por encima de los árboles era algo más que una sombra. —¡Si lo vemos claramente, estamos perdidos! —advirtió con la voz temblorosa por el terror—. ¡Reza por que sigamos viéndolo sin forma!
«Es más viejo que el mundo —pensé—, más viejo que toda religión. Antes del alba de la civilización, los hombres se arrodillaron ante él para adorarle. Está presente en todas las mitologías. Es el símbolo primordial. Quizá, en el oscuro pasado, hace miles y miles de años, acostumbraba a... rechazar a los invasores. Combatiré a esa sombra con un alto y terrible misterio». De pronto, me sentí extrañamente sereno. Sabía que apenas tenía un minuto que perder, que algo más que nuestras vidas estaba en peligro, pero dejé de temblar. Me agaché tranquilamente bajo el motor y saqué un montón de algodón sucio de grasa. —Howard —dije—, enciende una cerilla. Es nuestra única esperanza. Enciende una cerilla inmediatamente.
Durante lo que me pareció una eternidad, Howard se me quedó mirando sin comprender. Luego, quebró el silencio de la noche con su risa. —¡Una cerilla! —gritó—. ¡Una cerilla para calentar nuestros pequeños cerebros! Sí; necesitamos una cerilla. —¡Confía en mí! —supliqué—. Hazlo así... es nuestra única esperanza. Enciende una cerilla rápidamente. —¡No comprendo! —Howard estaba serio ahora, pero le temblaba la voz. —Se me ha ocurrido algo que puede salvarnos —dije—. Por favor, enciéndeme este algodón grasiento. Asintió lentamente. Yo no le había dicho nada, pero sabía que había adivinado lo que me proponía hacer. Su intuición era a veces impresionante. Con dedos desmañados, sacó un fósforo y lo encendió. —Ten valor —dijo—. Demuéstrales que no tienes miedo. Haz el signo con valentía.
Cuando se prendió el algodón, la forma que se extendía sobre los árboles cobró espantosa claridad. Alcé el algodón en llamas y lo crucé en línea recta por delante de mi cuerpo desde mi hombro izquierdo al derecho. Luego me lo puse en la frente y lo bajé hasta mis rodillas. Seguidamente cogió Howard el tizón y repitió el signo. Hizo dos cruces, una sobre su cuerpo y otra sobre la oscuridad, sosteniendo la antorcha en el extremo del brazo. Cerré un instante los ojos, pero aún pude ver la forma por encima de los árboles. Después, se fue haciendo poco a poco más borrosa, más vasta y caótica... y cuando volví a abrirlos, había desaparecido. No se veía nada más que el bosque en llamas y las sombras que arrojaban los corpulentos árboles.
El horror había pasado, pero no me moví. Permanecí como una imagen de piedra contemplando el agua negra. Luego, algo pareció estallar en mi cabeza. Mi cerebro comenzó a girar, y me di un golpe contra la borda. Habría caído, pero Howard me cogió por los hombros. —¡Estamos salvados! —gritó—. ¡Hemos vencido! —Me alegro —dije. Pero estaba demasiado exhausto para alegrarme realmente. Mis piernas cedieron y mi cabeza cayó hacia adelante. Todas las visiones y ruidos de la Tierra se sumieron en una piadosa negrura.
2
Howard estaba escribiendo cuando entré en la habitación. —¿Cómo va la historia? —pregunté. Por un momento, ignoró mi pregunta. Luego, lentamente, se volvió y me miró de frente. Tenía los ojos hundidos, y su palidez era alarmante. —No va bien —dijo finalmente—. No me acaba de gustar. Hay facetas que todavía se me escapan. No he logrado plasmar todo el horror de ese ser del bosque de Mulligan. Me senté y encendí un cigarrillo. —Quiero que me expliques ese horror —dije—. Hace semanas que estoy esperando que hables. Sé que hay algunas cosas que me ocultas. ¿Qué fue aquella cosa húmeda y esponjosa que le cayó en la cabeza a Wells en el bosque? ¿Por qué oímos un zumbido cuando huíamos en la niebla? ¿Qué significaba la forma que vimos por encima de los árboles? ¿Y por qué, en nombre del cielo, no se extendió el horror a través de la noche como temíamos? ¿Qué lo detuvo? Howard, ¿qué crees que le sucedió realmente al cerebro de Wells? ¿Ardió su cuerpo con la casa, o lo... lo reclamaron? Y el otro cuerpo que encontraron en el bosque de Mulligan... aquel horror flaco y ennegrecido de cabeza acribillada... ¿cómo lo explicas? (Dos días después del fuego habían encontrado un esqueleto en el bosque de Mulligan. Todavía había unos cuantos trozos de carne socarrada adherida a los huesos, y le faltaba la parte superior del cráneo.) Transcurrió un largo rato antes de que Howard tomara la palabra. Estaba sentado con la cabeza inclinada y manoseaba su cuaderno de notas, y su cuerpo temblaba de pies a cabeza. Por último, alzó los ojos. Le brillaban con una luz salvaje, y sus labios eran color ceniza. —Sí —dijo—. Hablemos de ese horror. La semana pasada no quise abordar el tema. Parecía demasiado espantoso para expresarlo con palabras. Pero no descansaré en paz hasta que lo haya tejido en un relato, hasta que haya hecho que mis lectores sientan y vean aquel horrible inexpresable ser. Y no puedo escribir sobre este asunto mientras no disipe por completo la sombra de una duda que me asalta. Puede que me ayude el hablar de todo ello. »Me has preguntado qué era la cosa húmeda que le cayó a Wells en la cabeza. Bien, pues creo que era un cerebro humano... la sustancia de un cerebro humano, extraída a través de un agujero, o de varios, practicados en una cabeza humana. Creo que el cerebro fue extraído gradual e imperceptiblemente y reconstruido de nuevo por el monstruo. Creo que ese ser utilizaba cerebros humanos con algún fin personal... quizá para aprender de ellos. O quizá jugaba meramente con ellos. ¿El cuerpo ennegrecido y acribillado del bosque de Mulligan? Era el cuerpo de la primera víctima, algún pobre diablo que se extravió entre los árboles. Sospecho más bien que los árboles contribuyeron. Creo que el horror los dotó de una extraña vida. En cualquier caso, el pobre hombre perdió su cerebro. El horror se apoderó del cerebro, y jugó con él, y se le cayó accidentalmente. Cayó sobre la cabeza de Wells. Wells dijo que el brazo largo, delgado, blanquísimo, que vio, tanteaba buscando algo que se le había caído. Naturalmente, Wells no vio en realidad el brazo, objetivamente hablando, sino que el horror que carece de forma y color había penetrado ya en su cerebro y se revestía de pensamiento humano. »En cuanto al zumbido que oímos y la forma que creímos ver por encima del bosque en llamas... eran el horror que trataba de hacerse sentir, que intentaba derribar las barreras, penetrar en nuestros cerebros y revestirse de nuestros pensamientos. Casi lo logró. De haber visto el brazo blanco, habríamos estado perdidos. Howard se acercó a la ventana. Retiró las cortinas y contempló un momento el puerto populoso y los altos y blancos edificios que se alzaban contra la luz de la luna. Contempló el horizonte del Manhattan inferior. Exactamente debajo de él, los acantilados de las alturas de Brooklyn se veían surgir oscuramente. —¿Por qué no se salieron con la suya? —exclamó—. Podían habernos destruido por completo. Podían habernos barrido de la Tierra... toda nuestra riqueza y nuestro poderío habrían sucumbido ante ellos. Me estremecí. —Sí... ¿por qué no se extendió el horror? —pregunté. Howard se encogió de hombros. —No lo sé. Quizá descubrieron que los cerebros humanos eran demasiado triviales y absurdos como para ocuparse de ellos. Quizá dejamos de interesarles. Puede que se cansaran de nosotros. Pero es posible también que los destruyera el signo. O los hiciera regresar a través del espacio. Para mí que habían venido hace ya millones de años, y el signo les ahuyentó. Cuando vieron que no habíamos olvidado el empleo del signo, seguramente huyeron aterrados. Desde luego, no han dado señales de su presencia en estas tres últimas semanas. Creo que se han ido. —¿Y Henry Wells? —pregunté. —Bueno, su cuerpo no ha sido encontrado. Supongo que se lo llevaron. —¿Y tú te propones honradamente incluir esta... esta obscenidad en una historia? ¡Oh, Dios mío! Todo es tan increíble, tan inaudito, que no puedo pensar que sea verdad. ¿No lo habremos soñado? ¿Hemos estado verdaderamente alguna vez en Partridgeville? ¿Estuvimos en una casa vieja y hablamos de cosas horribles mientras la niebla se enroscaba a nuestro alrededor? ¿Es cierto que nos internamos por aquel bosque impío? ¿Estaban efectivamente vivos los árboles, y andaba Henry Wells a cuatro patas como un lobo? Howard se sentó tranquilamente y se subió una manga. Extendió su brazo delgado ante mí. —¿Puedes rebatir la realidad de esta cicatriz? —dijo—. Es la huella del animal que me atacó, del hombre-bestia que era Henry Wells. ¿Un sueño? Me cortaría el brazo inmediatamente por el codo si me convencieses de que ha sido un sueño. Me acerqué a la ventana y me quedé contemplando Manhattan durante largo rato. «Ahí —pensé—, hay una realidad consistente. Es absurdo imaginar que algo puede destruirla. Es absurdo imaginar que el horror era realmente tan terrible como nos parecía en Partridgeville. Debo persuadir a Howard para que no escriba eso. Debemos tratar de olvidarlo.» Me volví hacia donde estaba sentado y le puse una mano en el hombro. —¿Por qué no renuncias a incluir eso en tu relato? —le pedí suavemente. —¡Nunca! —se puso de pie, y sus ojos llamearon—. ¿Cómo piensas que puedo dejarlo cuando casi lo he conseguido? Escribiré una historia que penetrará hasta lo más profundo de un horror que carece de forma y de sustancia, pero que es más terrible que una ciudad asolada por una plaga cuando el tañido de la campana proclama el fin de toda esperanza. Superaré a Poe. Superaré a todos los maestros. —Supérales, y condénate si quieres —dije airadamente—. Por ese camino se va a la locura, pero es inútil discutir contigo. Tu egoísmo es demasiado descomunal. Di media vuelta y salí de la habitación. Se me ocurrió, mientras bajaba, que había hecho el ridículo con mis miedos; pero, con todo, miré receloso por encima del hombro, como si temiese que cayera rodando una piedra enorme y me aplastase contra el suelo. «Howard debería olvidar el horror —pensé—. Debería apartarlo de su mente. Se volverá loco si se empeña en escribir sobre eso.» Pasaron tres días antes de que volviera a ver a Howard. —Pase —dijo con voz extrañamente ronca cuando llamé a su puerta. Le encontré en bata y zapatillas, y tan pronto como le vi comprendí que estaba tremendamente eufórico. —¡Lo he conseguido, Frank! —exclamó—. ¡He reproducido la forma que es informe, la gran vergüenza que jamás ha visto hombre alguno, la rastrera y descarnada obscenidad que sorbe nuestros cerebros! Antes de que yo pudiese abrir la boca, me puso en las manos el voluminoso mazo de hojas. —Léelo, Frank —me ordenó—. ¡Siéntate ahora mismo y léelo! Me dirigí a la ventana y me senté en el diván. Estuve allí abstraído de todo cuanto no fuera las hojas mecanografiadas que tenía delante. Confieso que me consumía la curiosidad. Jamás había puesto en duda el poder de Howard. Sabía obrar milagros con las palabras; de sus páginas emanaban siempre hálitos desconocidos, y a su invocación retornaban a la Tierra criaturas del más allá. Pero ¿podría sugerir siquiera el horror que los dos habíamos conocido?, ¿podría esbozar la repugnante, rastrera monstruosidad que había reclamado para sí el cerebro de Henry Wells? Leí la historia de punta a cabo. La leí lentamente, agarrado a los cojines que tenía junto a mí en un frenesí de repugnancia. Tan pronto como la terminé, Howard me la arrebató. Evidentemente, temía que yo pudiera romperla. —¿Qué te parece? —gritó rebosante de gozo. —¡Es terriblemente inmunda! —exclamé yo—. Viola intimidades de la mente que jamás deberían ponerse al descubierto. —Pero ¿concederás que he logrado plasmar el horror de manera convincente? Asentí, y recogí el sombrero. —Te ha salido tan convincente que no puedo quedarme a charlar contigo. Saldré a pasear hasta que amanezca. Hasta que esté tan cansado que no tenga fuerzas para preocuparme, ni pensar, ni recordar. —¡Es un relato muy bueno! —me gritó, pero yo bajé las escaleras y salí de la casa sin contestar.
3
Eran pasadas las doce de la noche cuando sonó el teléfono. Dejé el libro que estaba leyendo y cogí el receptor. —¿Sí, diga? —pregunté. —¡Frank, soy Howard! —la voz era extrañamente alta—. ¡Ven lo más de prisa que puedas! ¡Han regresado! Y, Frank, el signo carece de poder. He probado a hacerlo, pero el zumbido se hace cada vez más fuerte, y hay una forma confusa... —la voz de Howard se apagó desdichadamente. Grité con sinceridad al receptor: —¡Valor, muchacho! No dejes que sospechen que tienes miedo. Haz el signo una y otra vez. Iré en seguida. La voz de Howard llegó de nuevo, más ronca esta vez. —La forma se va haciendo más y más definida. ¡Y no puedo hacer nada! Frank, no tengo poder para hacer el signo. He perdido todo derecho a la protección del signo. Me he convertido en un sacerdote del Diablo. Esa historia... no debí haberla escrito jamás. —Demuéstrales que no tienes miedo —grité. —¡Lo intentaré! ¡Lo intentaré! ¡Ah, Dios mío! ¡La forma está...! No esperé a escuchar más. Cogí frenéticamente mi sombrero y mi chaqueta, y eché a correr escaleras abajo y salí a la calle. Cuando llegaba al bordillo de la acera sentí vértigo. Me agarré a una farola para no caerme e hice con la mano una vaga seña a un taxi que pasaba. Afortunadamente, el taxista me vio. Detuvo el coche y yo bajé tambaleándome a la calzada y me metí en él. —¡Rápido! —grité—. ¡Lléveme al diez de Brooklyn Heights! —Sí, señor. Fría noche, ¿no es verdad? —¡Fría! —grité—. Fría será, efectivamente, cuando consigan penetrar. Fría cuando empiecen a... El conductor me miré con asombro. —Está bien, señor —dijo—. Llegaremos en seguida a su casa, señor. ¿Ha dicho Brooklyn Heights, señor? —Brooklyn Heights —gruñí, y me hundí en el asiento. Mientras el coche corría, traté de no pensar en el horror que me aguardaba. Me agarraba desesperadamente a un clavo ardiendo. «Es posible —pensé— que Howard haya perdido temporalmente el juicio. ¿Cómo podría haberle encontrado el horror entre tantos millones de personas? No puede ser que haya ido a buscarle expresamente a él, entre tantas multitudes. Es demasiado insignificante. Jamás irían eligiendo a los seres humanos de un modo deliberado. Jamás irían tras los seres humanos..., pero han ido a buscar a Henry Wells. ¿Y qué ha dicho Howard? "Me he convertido en sacerdote del Diablo". ¿Por qué no en sacerdote de ellos? ¿Y si Howard se ha convertido en su sacerdote en la Tierra? ¿Y si su historia le ha valido que le eligiesen como sacerdote?» Este pensamiento resultaba una pesadilla para mí, así que lo deseché furiosamente. «Tendrá valor para resistir —pensé—. Les demostraré que no tiene miedo.» —Hemos llegado, señor. ¿Le ayudo a entrar en la casa, señor? El coche se había detenido, y yo gemí al darme cuenta de que estaba a punto de entrar en lo que podría resultar mi propia tumba. Bajé a la acera y le di al taxista todo el dinero suelto que llevaba encima. Él me miró asombrado. —Me ha dado demasiado —dijo—. Tenga, señor... Pero le despedí con un gesto y subí la escalinata de la entrada a toda prisa. Cuando metí la llave en la puerta, pude oírle que decía: —¡Es el borracho más extravagante que he visto jamás! Me da cuatro dólares por llevarle a diez manzanas de distancia, y no quiere ni las gracias. La entrada estaba a oscuras. Me detuve al pie de la escalera y grité: —¡Estoy aquí, Howard! ¿Puedes bajar? No hubo respuesta. Aguardé quizá unos diez minutos, pero no se oía ruido alguno en la habitación de arriba. —¡Voy a subir! —grité con desesperación, y empecé a subir las escaleras. Temblaba de pies a cabeza. «Le han cogido —pensé—. He llegado demasiado tarde. Quizá sea mejor que no... ¡Gran Dios!, ¿qué ha sido eso?» Estaba indeciblemente aterrado. Los ruidos de la habitación de arriba eran inequívocos, alguien suplicaba y gritaba en la agonía. ¿Era la voz de Howard? Capté confusamente algunas palabras: «¡Reptando, uf! ¡Reptando, uf! ¡Oh, ten piedad! Frío y cla-aro. ¡Reptando, uf! ¡Dios del cielo!» Llegué al rellano, y cuando las súplicas se elevaron en roncos alaridos caí de rodillas, e hice sobre mi cuerpo y sobre la pared que tenía a mi lado la señal. Hice el signo original que nos había salvado en el bosque de Mulligan, pero esta vez la hice imperfectamente, no con fuego, sino con dedos que temblaban y se agarraban a mi ropa, sin valor ni esperanza, confusamente, con la convicción de que nada podría salvarme. Y entonces me levanté rápidamente y acabé de subir las escaleras. Todo lo que pedía era que se apoderase de mí rápidamente, que mis sufrimientos fuesen breves bajo las estrellas. La puerta de la habitación de Howard estaba entornada. Con un tremendo esfuerzo, alargué la mano y cogí el pomo. Lentamente, hice girar la puerta hacia dentro. Durante un instante no vi nada, sino la forma inmóvil de Howard en el suelo. Estaba de espaldas. Tenía las rodillas levantadas y se había llevado una mano a la cara con la palma hacia afuera, como para tapar una visión atroz. Al entrar en la habitación, reduje mi campo visual intencionadamente bajando los ojos. Sólo vi el suelo y la parte inferior de la estancia. No quise levantar la vista. La había bajado como medida de protección, por temor a lo que pudiese haber en la habitación. No quería levantar la vista, pero allí dentro había poderes, que actuaron en ese momento, a los que no me fue posible resistir. Sabía que si miraba de frente, el horror podría destruirme, pero no tenía elección. Lenta, dolorosamente, alcé los ojos y miré de frente la habitación. Habría sido preferible, creo, haberme arrojado inmediatamente y haberme entregado a la monstruosidad que se alzaba en el centro. La visión de esa terrible forma oscuramente velada se interpondrá entre mí y los placeres del mundo mientras viva. Desde el techo al suelo flotaba e irradiaba una luz cegadora. Y atravesadas por las extremidades que giraban a un lado y a otro, estaban las páginas de la historia de Howard. En el centro de la habitación, entre el techo y el suelo, giraban las páginas, y la luz iba quemando las hojas y los dardos espirales y descendentes penetraban en el cerebro de mi pobre amigo. La luz fluía en una continua corriente hacia el interior de su cabeza, y arriba, el Señor de la luz se movía con el lento balanceo de toda su magnitud. Solté un grito y me tapé los ojos con las manos, pero el Señor siguió moviéndose... adelante y atrás, adelante y atrás. Y siguió irradiando su luz hacia el cerebro de mi amigo. Y entonces brotó de la boca del Señor el más espantoso sonido... Yo había olvidado el signo que había hecho tres veces abajo en la oscuridad. Había olvidado el inmenso y terrible misterio ante el cual son impotentes todos los invasores. Pero cuando lo vi formarse en la habitación, adquirir de manera inmaculada una configuración, con una terrible integridad por encima de la luz, supe que estaba salvado. Sollocé y caí de rodillas. La luz disminuyó, y el Señor se contrajo ante mis ojos. Y entonces, desde los muros, desde el techo, desde el suelo, brotaron llamas: una llama blanca y pura que consumía, que devoraba y destruía para siempre. Pero mi amigo había muerto. Leer más...
A continuación les dejo otro cuento de terror de los que meten miedo. Es largo asi que lo postearé en dos partes. Estoy seguro que quienes gustan del género disfrutaran este cuento.
Directamente de la escuela de Lovecraft tenemos a Frank Belknap Long, uno de sus mejores alumnos. En el cuento se nos narra como una especie proveniente del espacio exterior vienen a nuestro planeta a hacer lo mejor que saben hacer, ¡¡devorarnos el cerebro!!
LOS DEVORADORES DEL ESPACIO
Frank Belknap Long
Como señala el propio Derleth en su prólogo, existe un indudable paralelismo entre la mitología lovecraftiana y la cristiana, sobre todo en lo referente a la expulsión de los Primordiales (equivalente a la caída de los ángeles rebeldes) y a la secular lucha entre el Bien y el Mal. En el siguiente relato de F. B. Long, la conexión entre ambas mitologías se explicita abiertamente. Por otra parte, la narración es un claro homenaje a Lovecraft, hasta el punto de que roza la alusión directa.
1
El horror llegó a Partridgeville en forma de niebla impenetrable. Toda aquella tarde, los espesos vapores del mar se habían arremolinado y remansado alrededor de la granja, y la humedad flotaba en la habitación en la que estábamos sentados. La niebla ascendía en espirales desde debajo de la puerta, y sus largos y húmedos dedos rozaban mi pelo hasta hacerlo gotear. Las ventanas de cuadrados cristales estaban cubiertas de una película espesa y perlada de humedad; el aire era pesado y denso e increíblemente frío.
Miré con tristeza a mi amigo. Se había vuelto de espaldas a la ventana, y escribía furiosamente. Era un hombre alto, delgado, algo cargado de espaldas y de hombros muy anchos. De perfil, su cara era impresionante. Tenía una frente extremadamente ancha, la nariz larga y la barbilla algo pronunciada; un rostro sólido, sensitivo, que sugería una naturaleza sobremanera imaginativa, reprimida por una inteligencia escéptica y auténticamente extraordinaria.
Mi amigo escribía relatos cortos. Lo hacía por placer, desafiando el gusto contemporáneo, y sus cuentos eran insólitos. Habrían encantado a Poe, y también a Hawthorne, a Ambrose Bierce o a Villiers de l'Isle Adam. Eran bosquejos de hombres anormales, de bestias anormales, de plantas anormales. Escribía sobre remotas regiones de imaginación y de horror, y los colores, ruidos y olores que se atrevía a evocar jamás se habían visto, oído ni olido bajo la cara familiar de la luna. Proyectaba sus creaciones sobre fondos estremecedores. Caminaban furtivas por entre los altos y solitarios bosques, subían a las agrestes montañas, bajaban vacilantes por las escalinatas de antiguas casas y andaban entre los bloques de los negros muelles corroídos.
Uno de sus cuentos, La casa del gusano, había inducido a un joven estudiante de la Universidad Midwestern a buscar refugio en un enorme edificio de ladrillo, donde a todos pareció natural que se sentase en el suelo y gritase a voz en cuello: «Mi bienamada es más pura que todas las lilas entre las lilas del jardín de las lilas.» Otro, Los corruptores, fue la causa de que recibiera ciento diez cartas indignadas de los lectores locales, cuando apareció en la Partridgeville Gazette.
Estaba yo mirándole todavía, cuando dejó de escribir súbitamente y sacudió la cabeza. —No puedo —dijo—. Tendría que inventar un lenguaje nuevo. Y no obstante, puedo comprenderlo emocionalmente, intuitivamente, si quieres. Si al menos pudiese expresarlo en una frase, algo así como «el extraño reptar de su espíritu descarnado». —¿Es algún nuevo horror? —pregunté. Movió la cabeza negativamente. —No es nuevo para mí. Lo conozco y lo siento desde hace años: es un horror absolutamente inconcebible para tu prosaico cerebro. —Muchas gracias —dije.
—Todos los cerebros humanos son prosaicos —explicó—. No quería ofenderte. Son los sombríos terrores que acechan detrás y por encima de ellos, lo que es misterioso y espantoso. ¿Qué pueden saber nuestros pequeños cerebros de las vampiresas entidades que acaso acechan en dimensiones que están por encima de la nuestra, o más allá del universo de las estrellas? —Ahora me miraba con fijeza.
—¡Pero no puedes creer sinceramente en semejantes tonterías! —exclamé. —¡Por supuesto que no! —sacudió la cabeza y rió—. Demasiado sabes que soy profundamente escéptico para creer en nada. He descrito meramente las reacciones de un poeta ante el universo. Si uno desea escribir historias espectrales y de verdad logra plasmar una sensación de horror, deberá creer en todo... y en cualquier cosa. Por cualquier cosa entiendo el horror que trasciende cualquier cosa, que es más terrible e imposible que nada. Debe creer que hay seres en el espacio exterior que pueden descender y cebarse en nosotros con una maldad capaz de destruirnos completamente: tanto corporal como espiritualmente.
»Pero ¿cómo podría describir esta monstruosidad del espacio exterior si no conoce su forma, tamaño y color? »Es prácticamente imposible hacerlo. Eso es lo que yo he intentado... y he fracasado. Quizá algún día..., pero entonces, dudo que pueda conseguirlo. Aunque el artista puede insinuarlo, sugerirlo... —¿Sugerir qué? —pregunté, un poco desconcertado. —Sugerir un horror que es completamente extraterreno, que se deja sentir en términos que no tienen parangón alguno en la Tierra.
Yo aún estaba perplejo. El sonrió cansadamente, y explicó su teoría. —Hay algo prosaico —dijo— aun en los mejores relatos clásicos de misterio y terror. La vieja señora Radcliffe, con sus subterráneos secretos y sus espectros ensangrentados; Maturin, con sus alegóricos héroes perversos del estilo de Fausto y sus llamas surgiendo de la boca del infierno; Edgar Poe, con sus cadáveres manchados de grumos de sangre y sus gatos negros, sus corazones delatores y sus Valdemares en descomposición; Hawthorne, con su divertida preocupación por los problemas y horrores derivados del mero pecado humano (como si los pecados humanos tuviesen algún significado para la maligna inteligencia de más allá de las estrellas).
Luego, los maestros modernos: Algernon Balckwood, que nos invita al festín de los altos dioses y nos muestra a una vieja de labio leporino sentada ante un tablero mágico manoseando unas cartas manchadas, o un absurdo nimbo de ectoplasma emanando de algún estúpido clarividente; Bram Stoker con sus vampiros y hombres lobos, meros mitos convencionales residuos del folklore medieval; Wells, con sus vehículos, hombres peces del fondo del mar, damas de la luna; y el centenar de idiotas que escriben constantemente historias de fantasmas para revistas... ¿en qué han contribuido a la literatura de lo espantoso?
»¿No somos de carne y hueso? Es natural que nos rebelemos y horroricemos cuando se nos muestra la carne y los huesos en estado de corrupción y descomposición, con los gusanos pululando por debajo y por encima. Es natural que una historia que trata de un cadáver nos haga estremecer, nos llene de miedo y horror y repugnancia. Cualquier imbécil puede suscitar esas emociones en nosotros... Poe hizo bien poco con su lady Usher y su licuescente Valdemar. Recurrió a las simples, naturales y comprensibles emociones, y era inevitable que sus lectores respondiesen.
»¿No somos descendientes de los bárbaros? ¿No habitamos durante un tiempo en altos y siniestros bosques, a merced de las bestias que desgarran y destrozan? Es inevitable que temblemos y nos rebajemos cuando tropezamos en literatura con sombras tenebrosas de nuestro propio pasado. Harpías y vampiros y hombres lobos... ¿qué son sino ampliaciones, distorsiones de los grandes pájaros y murciélagos y perros feroces que hostigaban y torturaban a nuestros antepasados? Es muy fácil suscitar el miedo manejando tales medios.
Es muy fácil asustar a los hombres con las llamas de la boca del infierno, porque son ardientes y consumen y queman la carne, y ¿quién no comprende y tiene miedo del fuego? Golpes que matan, fuegos que abrasan, sombras que horrorizan porque sus sustancias acechan perversamente en los negros corredores de nuestros recuerdos heredados... Estoy cansado de los escritores que nos aterrorizan con semejantes elementos patéticamente fáciles y triviales. Una auténtica indignación fulguraba en sus ojos.
—¿Y si existiese un horror más grande? —prosiguió—. ¿Y si seres perversos de alguna otra parte del universo decidiesen invadir éste? ¿Y si no pudiésemos verlos? ¿Y si no pudiésemos percibir su presencia? ¿Y si fuesen de un color desconocido en la Tierra, o más bien, de un aspecto que careciese de color? »¿Y si tuviesen una forma desconocida en la Tierra? ¿Y si fuesen tetradimensionales, o tuviesen cinco o seis dimensiones? ¿Y si tuviesen cien? ¿O no tuviesen dimensiones, y existiesen no obstante? ¿Qué haríamos?
»¿No existirían para nosotros? Existirían, si nos causaran dolor. ¿Y si no fuese el dolor del calor ni del frío ni de nada que conozcamos, sino un dolor nuevo? ¿Y si afectasen a algo más que a nuestros nervios y llegasen a nuestro cerebro de una manera nueva y terrible? ¿Y si se hiciesen sentir de un modo nuevo y extraño e indecible? ¿Qué haríamos? Tendríamos las manos atadas. No puedes defenderte de lo que está dotado de mil dimensiones. ¡Imagina que, devorando, pudiesen esos seres abrirse camino hacia nosotros a través del espacio! Ahora hablaba con una intensidad de emoción que contradecía el escepticismo que se había atribuido un momento antes.
—Sobre eso he intentado escribir. Quería hacer que mis lectores sintiesen y viesen a ese ser de otro universo, de más allá del espacio. Podría insinuarlo o sugerirlo fácilmente —cualquier idiota puede hacerlo—, pero quisiera describirlo realmente. ¡Describir un color que no es color, una forma que es amorfa! »Un matemático podría, quizá, sugerirlo un poco más. Habría extrañas curvas y ángulos que un inspirado matemático en pleno frenesí de cálculo podría bosquejar vagamente. Es absurdo decir que los matemáticos no han descubierto la cuarta dimensión. La han vislumbrado frecuentemente, se han acercado a menudo a ella, la han intuido infinidad de veces; pero son incapaces de demostrarla. Conozco a un matemático que jura que vio una vez la sexta dimensión en una ascensión a los sublimes cielos de los cálculos diferenciales.
»Desgraciadamente, no soy matemático. Soy tan sólo un pobre artista loco y creador, y el ser del espacio exterior se me escapa completamente. Alguien aporreó sonoramente la puerta. Crucé la habitación y retiré el cerrojo. —¿Qué desea? —pregunté—. ¿Qué ocurre? —Siento molestarle, Frank —dijo una voz familiar—, pero tengo que hablar con alguien. Reconocí la cara flaca y blanca de mi más inmediato vecino, y me hice a un lado en seguida. —Pase —dije—. Pase, no faltaba más. Howard y yo hemos estado hablando de fantasmas, y los seres que hemos invocado no son del todo agradables. Tal vez pueda usted conjurarlos. Llamé fantasmas a los horrores de Howard porque no quería impresionar a mi vecino vulgar. Henry Wells era muy alto y corpulento, y al entrar en la habitación pareció introducir consigo una parte de la noche.
Se derrumbó en un sofá y nos miró con ojos asustados. Howard abandonó la historia que había estado leyendo, se quitó y limpió las gafas, y arrugó el ceño. Era relativamente tolerante con mis bucólicos visitantes. Aguardó quizá un minuto, y luego empezamos los tres a hablar casi al mismo tiempo. —¡Qué noche más horrible! —Espantosa, ¿verdad? —¡Aciaga! Henry Wells arrugó el ceño. —Esta noche —dijo—, me ha... me ha ocurrido un curioso incidente. Iba con «Hortense» por Mulligan Wood... —¿Con «Hortense»? —interrumpió Howard. —Su yegua —expliqué impaciente—. Regresaba de Brewster, ¿no es así, Harry? —De Brewster, sí —dijo—. Marchaba entre los árboles, atento con cien ojos a las luces deslumbrantes de los coches que surgían de la oscuridad y venían derechos hacia mí, y escuchaba las sirenas de la bahía roncar y gemir, cuando me cayó en la cabeza una cosa mojada. «Va a llover —pensé—, espero que no se me mojen las provisiones.» »Me volví para asegurarme de que iban bien cubiertas la mantequilla y la harina, y algo blando como una esponja se elevó del fondo del carro y me golpeó en la cara. Di una manotada y lo cogí entre los dedos.
»Me dio la sensación de que tenía en las manos una especie de gelatina. La apreté, y la cosa mojada se me escurrió muñeca abajo. El caso es que no estaba tan oscuro como para no verlo. Es extraña la claridad que encierra la niebla... parece hacer la noche más diáíana. Había una especie de luminosidad en el ambiente. No sé, puede que no fuera la niebla, en definitiva. Los árboles parecían apartarse. Podía verlos recortados y claros. Como iba diciendo, miré aquello y ¿qué creerán ustedes que parecía? Pues parecía un trozo de hígado crudo. O sesos de vaca. Ahora que me paro a pensarlo, creo que se parecía más a unos sesos de vaca. Tenía pliegues, y los hígados no tienen muchos pliegues. El hígado es por lo general terso como un cristal.
»Pasé un momento espantoso. "Debe de haber alguien en lo alto de estos árboles —pensé—. Debe de ser algún trampero, o algún chiflado, y ha estado comiendo hígado. Mi carro le ha asustado y lo ha dejado caer... bueno, un trozo nada más." No cabe duda. No había ningún hígado en el carro al salir de Brewster.
»Miré hacia arriba. Usted sabe lo altos que son los árboles en Mulligan Wood. No pueden verse las copas de algunos de ellos desde el camino en un día luminoso. Y ya sabe lo retorcidos y extraños que resultan algunos. Es curioso, pero siempre me han parecido hombres viejos... viejos y enormemente altos, por supuesto; altos y encorvados y perversos. Siempre los he imaginado como deseando causar algún daño. Hay algo malsano en esos árboles que crecen tan juntos y tan retorcidos. »Alcé los ojos.
»Al principio no vi más que los corpulentos árboles, blancos y relucientes debido a la niebla, y por encima de ellos, una bruma espesa y blancuzca que ocultaba las estrellas. Y entonces, algo largo y blanco descendió velozmente por el tronco de uno de ellos.
»Bajó tan de prisa que no pude verlo claramente. De todos modos era tan delgado que no pude distinguirlo muy bien. Pero parecía un brazo. Era como un brazo largo, blanco y muy delgado. ¿Quién ha visto jamás un brazo tan largo como un árbol? No sé qué me induce a compararlo con un brazo, porque no era más que una línea delgada... como un alambre o una cuerda. Además, no estoy siquiera seguro de haberlo visto. Puede que lo imaginara. Ni siquiera estoy seguro de que tuviese el grosor de una cuerda. Pero tenía mano. ¿O no? Cuando pienso en eso se me ofusca la cabeza. Bueno, se movió tan de prisa que no me dio tiempo a verlo con claridad.
»Pero me dio la impresión de que buscaba algo que había caído. Por un instante, la mano pareció extenderse por encima de la carretera, y luego se apartó del árbol y se dirigió hacia el carro. Era como una mano enorme y blancuzca que avanzaba sobre sus dedos con un brazo terriblemente largo unido a ella que se elevaba hasta la niebla, o quizá hasta las estrellas.
«Solté un grito y fustigué a "Hortense" con las riendas, pero el animal no necesitaba que lo apremiasen. Se puso fuera de alcance antes de que yo tuviese tiempo de arrojar el hígado o los sesos de vaca o lo que fuese al camino. Salió disparada a tal velocidad que casi vuelca el carro, pero yo no tiré de las riendas. Prefería caerme en una zanja y romperme una costilla a que una mano larga y blancuzca me cogiese por el cuello y me cortase la respiración.
»Casi habíamos salido del bosque y empezaba a respirar nuevamente, cuando se me heló el cerebro. No puedo describir lo que sucedió de ningún otro modo. Sentí que el cerebro se me quedaba frío como el hielo dentro de la cabeza. Les aseguro que estaba asustado. »No crean que no podía pensar claramente. Tenía conciencia de todo lo que sucedía a mi alrededor, pero mi cerebro estaba tan frío que grité de dolor. ¿Han sostenido alguna vez un trozo de hielo en la palma de la mano durante dos o tres minutos? Quema, ¿verdad? El hielo quema más que el fuego. Bien, sentí el cerebro como si hubiese estado en hielo durante horas y horas. Tenía un horno dentro de la cabeza, pero era un horno de frío. Rugía de frío violento.
»Tal vez debiera dar gracias de que no durara el dolor. Me desapareció a los diez minutos, y cuando llegué a casa no se me ocurrió que hubiera sufrido daño alguno por esta experiencia. No pensé efectivamente en eso, hasta que me miré en el espejo. Entonces descubrí este agujero en la cabeza. Henry Wells se inclinó hacia adelante y se apartó el pelo de la sien derecha. —Aquí está la herida —dijo—. ¿Qué piensa de ello? —Se golpeó con los dedos debajo de un pequeño orificio redondo en dicho lugar—. Es como una herida de bala —comentó—, pero no me ha salido sangre y se puede ver que es bastante profundo. Parece como si me llegara al centro de la cabeza. No debería estar vivo.
Howard se había levantado y miraba fijamente a mi vecino con ojos furiosos y acusadores. —¿Por qué nos ha mentido? —gritó—. ¿Por qué nos ha contado esta absurda historia? ¡Una mano larga! Usted está bebido. Borracho... y sin embargo, ha logrado lo que a mí me habría costado sudar sangre. Si yo lograse hacer que mis lectores pudiesen sentir ese horror, sentir por un momento ese miedo que nos ha descrito usted de los bosques, me situaría entre los inmortales... sería más grande que Poe, más grande que Hawthorne. Y usted... un burdo embustero borracho... Me puse de pie con una furiosa protesta.
—No es un embustero —dije—. Le han disparado un tiro... alguien le ha disparado un tiro en la cabeza. Mira esta herida. ¡Dios mío, no tienes ningún derecho a insultarle! La ira de Howard se desvaneció y el fuego desapareció de sus ojos. —Perdóneme —dijo—. No puedes figurarte de qué manera necesitaba yo atrapar ese horror fundamental, traspasarlo al papel; y él lo ha dicho con toda facilidad. Si me hubiese advertido que iba a describir una cosa así habría tomado notas. Pero naturalmente, él no sabe que es un artista. Se trata de un tour de force casual lo que ha hecho; no podría hacerlo otra vez, estoy seguro. Siento haberme acalorado... discúlpeme. ¿Quiere que vaya a buscarle un médico? Esa herida es grave. Mi vecino negó con la cabeza.
—No quiero médicos —dijo—. Ya he visto a uno. No tengo ninguna bala en la cabeza... el agujero no ha sido causado por una bala. Cuando el médico no pudo explicarlo, me reí de él. Odio a los médicos; y me tiene sin cuidado la gente estúpida que cree que tengo por costumbre mentir. Me tiene sin cuidado la gente que no me cree cuando digo que he visto deslizarse por un árbol una cosa larga, blancuzca, con tanta claridad como si fuese de día.
Pero Howard examinaba la herida pese a la indignación de mi vecino. —Ha sido hecha por algo redondo y afilado —dijo—. Es extraño, pero la carne no ha sido destrozada. Un cuchillo o una bala habría desgarrado la carne, habría dejado un borde destrozado. Asentí, y me incliné para examinar la herida, cuando Wells gritó, y se llevó las manos a la cabeza. —¡Ahhhh! —farfulló—. Ha vuelto... el terrible, terrible frío. Howard le miró fijamente.
—¡No espere de mí que crea semejante tontería! —exclamó disgustado. Pero Wells siguió sujetándose la cabeza y danzando por la habitación en un delirio de agonía. —¡No puedo soportarlo! —gritaba—. Se me está congelando el cerebro. No es un frío normal. ¡Oh, Dios! Es algo como no ha sentido nadie jamás. Muerde, abrasa, despedaza. Es como el ácido. Le puse una mano sobre el hombro y traté de apaciguarle, pero él me apartó y se dirigió hacia la puerta. —Tengo que salir de aquí —exclamó—. Ese ser necesita espacio. Mi cabeza no puede contenerlo. Necesita la noche... la inmensidad de la noche. Quiere revolcarse en la noche. Abrió la puerta y desapareció en la niebla. Howard se secó la frente con la manga de la chaqueta y se derrumbó en la silla.
—Loco —murmuró—. Es un caso trágico de psicosis maníaco-depresiva. ¿Quién lo habría sospechado? La historia que nos ha contado no era en absoluto una invención consciente. Era simplemente un producto pesadillesco concebido por el cerebro de un lunático. —Sí —dije—. Pero ¿cómo explicas el agujero de su cabeza? —¡Ah, eso! —Howard se encogió—. Probablemente lo tiene de siempre... a lo mejor es de nacimiento. —Tonterías —dije—. Ese hombre no tenía antes ningún agujero en la cabeza. Personalmente, creo que le han pegado un tiro. Deberíamos hacer algo. Necesita atención médica. Será mejor que telefonee al doctor Smith.
—Es inútil intervenir —dijo Howard—. Ese agujero no ha sido causado por una bala. Te aconsejo que lo olvides hasta mañana. Su locura puede ser temporal; puede que se le pase, y entonces nos reprocharía el habernos entremetido. Si mañana se encuentra todavía emocionalmente trastornado, si vuelve otra vez e intenta armar jaleo, puedes dar parte a las autoridades correspondientes. ¿Se ha comportado de modo extraño con anterioridad?
—No —dije—. Siempre ha estado completamente sano. Creo que seguiré tu consejo y esperaré. Pero quisiera poder explicarme el agujero de la cabeza. —La historia que ha contado me interesa más —dijo Howard—. Voy a escribirla antes de que se me olvide. Por supuesto, no seré capaz de hacer que el horror resulte tan real como él, pero quizá pueda reflejar un poco la impresión de extrañeza y fascinación. Desenroscó el capuchón de su estilográfica y empezó a rellenar una cuartilla con extrañas frases. Sentí un escalofrío y cerré la puerta.
Durante varios minutos, no se oyó otro ruido en la habitación que el del garabateo de su pluma al correr por el papel. Durante varios minutos hubo silencio... y luego, empezaron los alaridos. ¿O eran gemidos? Los oímos a través de la puerta cerrada, por encima del ulular de las sirenas y el oleaje de la playa de Mulligan. Los oímos por encima de un millón de ruidos de la noche que nos habían horrorizado y deprimido, mientras estuvimos sentados charlando en la casa solitaria y envuelta por la niebla. Y los oímos tan claramente que por un momento creímos que provenían de muy cerca de la casa. Hasta que no los escuchamos una y otra vez —prolongados, taladrantes gemidos—, no descubrimos una calidad de lejanía. Poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que provenían de muy lejos, muy lejos; quizá del bosque de Mulligan.
—Es un alma en pena —murmuró Howard—. Una pobre alma condenada, en las garras del horror del que te he hablado... el horror que yo he conocido y sentido durante años. Se puso en pie inquieto. Sus ojos centelleaban y respiraba agitadamente. Le cogí por los hombros y lo sacudí.
—No deberías proyectarte en tus historias de esa manera —exclamé—. Probablemente es algún desdichado que se encuentra en apuros. No sé qué habrá pasado. Puede que haya naufragado algún barco. Voy a ponerme un chubasquero y averiguar qué ocurre. Me parece que nos necesitan. —Puede que nos necesiten —repitió Howard lentamente—. Puede que nos necesiten de verdad. No se quedarán satisfechos con una simple víctima. Pienso en el gran viaje a través del espacio, ¡la sed y el hambre que deben de haber pasado! ¡Es absurdo imaginar que se contentarán con una simple víctima! Luego, de pronto, le sobrevino un cambio. Se apagó la luz de sus ojos y su voz perdió su vibración. Se estremeció.
—Perdóname —dijo—. Tengo miedo de que pienses que estoy tan loco como el patán que ha estado aquí hace unos minutos. Pero no puedo por menos de identificarme con mis personajes cuando escribo. He descrito algo tremendamente perverso, y esos alaridos... bueno, son exactamente como los que daría un hombre si... si...
—Comprendo —le interrumpí—, pero no tengo tiempo para hablar de eso ahora. Hay un pobre hombre allá —señalé vagamente hacia la puerta—, sin duda en apuros. Está tratando de liberarse de algo... no sé de qué. Tenemos que ayudarle. —Por supuesto, por supuesto —accedió él, y me siguió a la cocina. Sin decir palabra, bajé, cogí un chubasquero y se lo tendí. Le di también un gran sombrero de hule. —Póntelos lo más pronto que puedas —dije—. Ese hombre debe de necesitar ayuda desesperadamente.
Había cogido yo mi propio chubasquero de la percha y forcejeaba para meter los brazos en sus pegajosas mangas. Un momento después, nos abríamos paso a través de la niebla. La niebla parecía un ser vivo. Sus largos dedos nos alcanzaban y abofeteaban incesantemente en la cara. Se enroscaba alrededor de nuestros cuerpos y se elevaba en enormes espirales grisáceas desde lo alto de nuestras cabezas. Retrocedía ante nosotros, y de pronto se precipitaba sobre nosotros y nos envolvía.
A lo lejos, confusamente, vimos las luces de unas cuantas granjas solitarias. Detrás de nosotros, palpitaba el mar y las sirenas emitían un ulular continuo y lúgubre. El cuello del chubasquero de Howard estaba levantado por encima de las orejas, y la humedad goteaba de su larga nariz. Había una torva decisión en sus ojos, y tenía la mandíbula apretada. Caminamos durante largo rato en silencio, sin decir palabra, hasta que nos aproximamos al bosque de Mulligan. —Si es preciso —dijo—, entraremos en el bosque. —No hay razón para que no entremos —dije—. No es un bosque muy grande. —¿Podría salir uno rápidamente? —Podría salir en seguida, sí. ¡Dios mío!, ¿has oído eso? Los gritos habían aumentado horriblemente. —Ése está sufriendo —dijo Howard—. Está sufriendo terriblemente. ¿Crees... crees que puede ser tu amigo el chiflado? Había formulado una pregunta que me había estado haciendo yo mismo desde hacía un rato. —Es posible —dije—. Pero tenemos que intervenir, si está loco. Me habría gustado traer a algunos vecinos con nosotros.
—¿Y por qué, en nombre del cielo, no lo has hecho? —exclamó Howard—. Puede que haga falta una docena de hombres para sujetarlo. No apartaba la vista de los altos árboles que se elevaban ante nosotros, y no creo que dedicara a Henry Wells un solo pensamiento. —Ese es el bosque de Mulligan —dije. Tragué saliva—. No es muy grande —añadí estúpidamente. —¡Oh, Dios mío! —De la niebla nos llegó el sonido de una voz en la última extremidad del dolor—. Me están devorando el cerebro. ¡Oh, Dios mío! Yo estaba en ese momento mortalmente asustado, a punto de volverme tan loco como el hombre del bosque. Agarré el brazo de Howard.
—Vámonos —grité—. Vámonos inmediatamente. Sería una insensatez entrar. Aquí no vamos a encontrar sino la locura y el sufrimiento y quizá la muerte. —Puede ser —dijo Howard—, pero vamos a entrar. Su rostro estaba ceniciento bajo el gran sombrero goteante, y sus ojos eran dos delgadas rendijas azules. —Muy bien —dije de mala gana—. Pues entremos. Nos internamos lentamente por entre los árboles. Estos se elevaban inmensos por encima de nosotros, y la espesa niebla los deformaba y fundía de tal modo que parecían avanzar con nosotros. La niebla colgaba en jirones de sus ramas retorcidas. ¿He dicho jirones? Eran más bien serpientes de niebla, serpientes contorsionantes de venenosa lengua y ojos hipnóticos. A través de las alborotadas nubes de niebla, vimos los escamosos, nudosos troncos de los árboles, y cada uno de ellos se asemejaba al cuerpo torcido de un anciano perverso. Sólo la pequeña mancha oblonga de luz de mi linterna nos protegía contra su malevolencia.
Avanzábamos a través de los grandes bancos de niebla, y a cada paso los gritos se hacían más audibles. No tardamos en distinguir fragmentos de frases, gritos histéricos que se fundían en gemidos prolongados: «Más, más, más frío... me van devorando el cerebro, ¡más frío! ¡Ahhh!» Howard me apretó el brazo. —Lo encontraremos —dijo—. No podemos volver atrás ahora. Lo encontramos tendido de costado. Se apretaba la cabeza con las manos y tenía el cuerpo doblado en dos con las rodillas tan encogidas que casi le tocaban el pecho. Estaba callado. Nos inclinamos y lo sacudimos, pero no emitió sonido alguno.
—¿Está muerto? —pregunté con voz ahogada. Sentía desesperados deseos de dar media vuelta y echar a correr. Los árboles estaban muy cerca de nosotros. —No sé —dijo Howard—. No sé. Espero que sí. Le vi arrodillarse y deslizar una mano bajo la camisa del pobre desdichado. Durante un momento, su rostro fue una máscara. Luego se levantó vivamente y movió negativamente la cabeza. —Está vivo —dijo—. Debemos ponerle ropas secas lo antes posible.
Le ayudé. Entre los dos levantamos la doblada figura del suelo y la transportamos entre los árboles. Tropezamos dos veces y estuvimos a punto de caer, y las enredaderas nos desgarraban las ropas. Las enredaderas eran pequeñas manos malévolas que agarraban y desgarraban según la maligna instigación de los grandes árboles. Sin una estrella que nos guiase, sin otra luz que la pequeña linterna de bolsillo, cada vez más débil, nos abrimos paso hasta salir del bosque de Mulligan. El zumbido no comenzó hasta que salimos del bosque. Al principio apenas lo oíamos; era muy bajo, como el ronroneo de aparatos gigantescos muy dentro de la tierra. Pero lentamente, mientras caminábamos con nuestra carga, se fue elevando hasta que ya resultó imposible ignorarlo. —¿Qué es eso? —murmuró Howard, y a través de los espectrales jirones de la niebla vi que su rostro tenía un tinte verdoso.
—No sé —murmuré—. Es algo horrible. Jamás había oído nada semejante. ¿No puedes caminar más de prisa? Hasta ese momento habíamos estado luchando contra horrores familiares, pero el zumbido y ronroneo que aumentaba detrás de nosotros no se parecía a nada de lo que pudiera oírse en la Tierra. Preso de incontenible horror, grité: —¡Más de prisa, Howard, más de prisa! ¡ En nombre de Dios, salgamos de aquí! Mientras hablaba, el cuerpo que transportábamos se retorció, y de sus labios contraídos brotó un torrente de palabras incoherentes: —Yo iba entre los árboles, mirando hacia arriba. No podía ver las copas. Miraba hacia arriba, y luego de pronto miré hacia abajo y esa cosa aterrizó sobre mis hombros. Era todo patas... unas patas largas y serpeantes. Se lanzaron en seguida sobre mi cabeza. Yo quería alejarme de los árboles, pero no podía. Estaba solo en el bosque con eso a mi espalda, en mi cabeza, y cuanto traté de correr, los árboles me alcanzaron y me hicieron caer. Me ha hecho el agujero para poder penetrar.
Quiere mi cerebro. Me ha hecho el agujero y se me ha metido dentro y no hace más que sorber y sorber y sorber. Es frío como el hielo y hace un ruido como de un enorme moscardón. Pero no es un moscardón. Y no es una mano. Me equivoqué cuando dije que era una mano. No se le puede ver. Yo no lo hubiera visto ni sentido de no haberme hecho un agujero, de no haber entrado dentro de mí. Cuando casi lo ves, cuando casi lo sientes, significa que se está preparando para penetrar. —¿Puede caminar, Wells? ¿Puede caminar?
Howard había soltado las piernas de Wells, y pude oír el áspero jadeo de su respiración mientras forcejeaba por librarse de su chubasquero. —Creo que sí —sollozó Wells—. Pero no importa. Ahora me tiene en su poder. Déjenme y sálvense ustedes. —¡Tenemos que correr! —grité yo. —Es nuestra única posibilidad —exclamó Howard—. Wells, síganos. Síganos, ¿entiende? Le consumirán el cerebro si le atrapan. Hay que correr, muchacho, ¡síganos!
Murió Michael Jackson y todos los medios se han encargado de manifestar su perdida. Niño prodigio, el rey del Pop, Genio y figura, innovador en un género, bailarín único, etc. Todos adjetivos que no dudo que le queden grande sino todo lo contrario.
Pero me pasa que al enterarme de la muerte de este artista me empezaron a carcomer sentimientos encontrados ¿hasta donde se pueden perdonar crímenes a un hombre porque sea talentoso? ¿Cuántos de nosotros crecimos o alimentamos nuestra adolescencia con su música, su manera de bailar o sus videos? ¿Cuánto vale el legado que nos dejo? ¿Vale el olvido? ¿El mirar para el costado?
Pero la pregunta más importante es ¿Era Michael Jackson culpable de los crímenes de los que fue acusado? ¿Era una trampa de gente que solo deseaba dinero? La justicia lo declaro no culpable, pero eso no significaba que fuera inocente, solo que no hubo pruebas suficientes para declararlo culpable.
El 14 de junio de 2005, Michael Jackson dejó la corte de Santa María, tras ser absuelto de los 10 cargos -entre ellos abuso sexual a un menor, secuestro y extorsión - por los que era enjuiciado en ese tribunal californiano. Una actitud que contrastó con su primer día en la corte, en enero de 2004, cuando bailó sobre una camioneta mientras era vitoreado por sus fans.
Tras un desgastador proceso de cuatro meses, el artista volvió a su rancho Neverland "como un hombre libre.
En el caso actuaron estos testigos: Testigos de la fiscalía:
- La supuesta víctima, un adolescente que hoy tiene 15 años, afirmó que Jackson abusó sexualmente de él entre febrero y marzo de 2003.
- El hermano menor del acusador, de 14 años, su hermana, de 18 años, y su madre.
- Marthin Bashir, el periodista británico que realizó el documental Viviendo con Michael Jackson en 2003.
- Jamis Masada, propietario de un music-hall de Los Ángeles que puso en contacto a la supuesta víctima con Jackson.
- Stan Katz, la psicóloga que entrevistó al menor después del presunto abuso.
- Los investigadores que requisaron Neverland, analizaron las huellas digitales y recibieron otras pruebas.
- El hijo de una ex empleada de Jackson que afirmó que éste abusó de él en los años 90 y que obtuvo dos millones de dólares por un acuerdo para evitar el juicio.
- Ex empleados de Neverland que afirmaron haber visto a Jackson abusar sexualmente de jovencitos en los años 90.
- Larry Feldman: el abogado de un joven que obtuvo más de 20 millones de dólares de Michael Jackson en 1994 luego de que afirmó que había abusado de él.
- Debbie Rowe: la ex mujer de Jackson, que lo apoya en el proceso y acusa a sus allegados.
Testigos de la defensa:
- El actor Macaulay Culkin, de 24 años, niega que Jackson haya abusado de él en Neverland a principios de los años 90.
- Wade Robson, de 22 años, y Brett Barnes, de 23, dos australianos que desmienten que Jackson los haya manoseado, pero admiten haber compartido la cama con él.
- David LeGrand y Mark Geragos, los abogados que trabajaron para Jackson en 2003.
- Rijo Jackson, de 12 años, y Simone Jackson, de 16, primos de Michael que visitan frecuentemente el rancho Neverland.
- Irene Peters, una asistente social que había interrogado a una supuesta víctima en 2003.
- El conductor Jay Leno, animador estrella de la televisión estadounidense, que dijo no haber sido hostigado por la familia de la presunta víctima.
- El actor Chris Tucker, que dijo haber alertado a Jackson contra la familia del acusador, diciéndole que sospechaba de sus intenciones.
Pero el caso dejó 5 razones por las que Michael Jackson fue absuelto:
Desconfianza con la madre del acusador. Como bien dijo una madre, miembro del jurado absolutorio, “¿qué madre le puede confiar su hijo a Michael Jackson?” La estrategia de la defensa de arrinconar a la madre y clasificarla como una oportunista dio resultados. (Yo me pregunto ¿Qué una madre confíe su hijo a un criminal, hace a este inocente?)
La madre se contradijo en numerosas ocasiones durante el testimonio. Además, primero dijo que no conoció a Jackson en 2003, pero luego admitió haber bailado con él en 2000, “pero no hablamos”.
Además, durante su comparecencia, la madre hizo un chasquido de dedos hacia el jurado, cosa que sentó bastante mal a por lo menos un miembro del jurado.
La estrategia de conspiración para secuestrar a la familia fue desastrosa. La fiscalía presentó su caso arropado en este cargo, que quedó demostrado que era falso: durante el supuesto secuestro de la madre y sus hijos, fueron de compras, a la peluquería, y salieron hasta para encerarse las piernas.
Esto complicó y extendió la presentación de la fiscalía, y dejó la puerta abierta de la inocencia: si la familia miente sobre esto, ¿de qué más mentirá?
La familia de las contradicciones. El acusador de Jackson, según tres testigos, tuvo tres oportunidades de revelar que el cantante le había abusado, pero no lo hizo.
Mientras, el hermano pequeño del acusador confesó entre sollozos que había mentido en una declaración jurada para otro proceso judicial, y contradijo a su hermano mayor en varias ocasiones.
Y la hermana mayor del acusador tuvo que rectificar o aclarar casi todo su testimonio una vez careada por la defensa.
Como dijo el fiscal John Sneddon al concluir el caso: “uno no elige a las víctimas”.
El caso de la fiscalía fue demasiado largo. La fiscalía presentó a casi 60 testigos durante 45 días de testimonio, demasiados para el jurado y, además, muchos de ellos rebatidos por la defensa.
"En un caso como este, estás esperando una prueba clara, algo en lo que te puedes basar sin problemas. En este caso, nos costó mucho encontrarlo", dijo un miembro del jurado.
Una señora de la limpieza que al principio dijo que vio a Jackson en la ducha con un niño después rectificó y dijo que solo vio a Jackson en la ducha. Estos errores de la fiscalía sembraron suficiente duda en la mente del jurado.
“Esperábamos mejor evidencia, pero nunca llegó”, dijo una miembro del jurado.
La ex mujer de Jackson le pone por las nubes. Cuando la fiscalía llamó a Debbie Rowe para que testificara en contra de su ex marido, ésta le llamó generoso, un buen padre y dijo que la madre era parte de una bandada de buitres.
Un paso en falso de la fiscalía, quien la convocó a testificar, pues todo el mundo esperaba que Rowe hiciera pedacitos a Jackson, contando secretos matrimoniales.
Los nombres de los miembros del jurado no fueron dados, por lo que fueron identificados por números durante su comparecencia ante la prensa después de emitir el veredicto. Según explicó otro de los miembros del jurado, una mujer hispana que hablaba castellano, el panel "estuvo bastante de acuerdo" desde el principio.
Aún así, la jurado número tres puntualizó que, si bien muchos habían llegado con su propia "idea", las deliberaciones dieron como fruto un veredicto unánime. Las deliberaciones comenzaron el 3 de junio y el jurado alcanzó su decisión al cabo de 32 horas de discusiones.
Tan sólo requirieron la lectura de algunos de los testimonios de este caso, que ofrecía serias complicaciones dado el número de cargos. Varias de las mujeres en este panel se echaron a llorar cuando se leyó el veredicto de inocencia, igual que lo hicieron la madre de Jackson, Katherine, y Susan Yu, miembro del equipo legal del cantante.
"Creo que tuvimos mucha consideración en los testimonios y las pruebas y basado en eso tomamos la decisión", repitió en castellano la mujer hispana parte del jurado.
ENCUESTA ENTRE EL PROPIO JURADO Los jurados del caso Michael Jackson tomaron entre sí una encuesta informal al principio de sus deliberaciones y llegaron a la conclusión de que la mayoría consideraba inocente al cantante pop.
El jurado Raymond Hultman dijo que él y otros dos miembros del panel no compartieron al principio esa opinión, pero que la mayoría eventualmente los convenció a los tres de que las pruebas presentadas no eran suficientes para declarar a Jackson culpable de las acusaciones.
“Esto no quiere decir que sea un individuo inocente”, dijo Hultman en una entrevista concedida a The Associated Press. “Simplemente no es culpable de los delitos que se le imputan”.
Agregó que la fiscalía presentó considerables pruebas de que Jackson siguió un patrón de conducta impropia con varios muchachos, pero no con el muchacho que lo acusaba. “Teníamos nuestras sospechas, pero podíamos emitir un juicio acerca de ellas porque no era para eso que estábamos allí”, dijo Eleanor Cook, una abuela de 79 años, entrevistada en un programa televisivo nacional.
Hultman opinó que la prueba más convincente de la fiscalía fue un vídeo del muchacho cuando hacía su primera denuncia a los investigadores policiales. Pero agregó que le preocupaba el hecho de que el acusador ya había hablado con dos abogados y un sicólogo antes de ir a la policía.
“Las cosas habrían sido totalmente distintas si (la familia) no hubiese visitado primero a los abogados”, dijo Hultman.
“Todo el mundo tiene ciertas creencias y creo que el gran reto que se planteó a todos los jurados de este caso fue separar nuestras creencias de lo que demostraban las pruebas”, agregó Hultman a un programa noticioso matinal. “Y al final, tuvimos que sopesar las pruebas y determinar si había una duda razonable, y esa fue la decisión que tuvimos que hacer”.
“Estuvimos sometido a una fuerte tensión”, dijo otra integrante del jurado, Tammy Bolton, a un programa televisivo. “Sabíamos que había millares -- millones -- de personas que estaban mirándonos, observándonos, pendientes de cualquier cosa que dijéramos”.
Los jurados dijeron que recibieron una mala impresión de la madre del acusado, que tenía a fijar la vista en ellos y chasqueó los dedos en dirección a ellos durante sus declaraciones.
Cook dijo que la madre estaba perfectamente peinada y maquillada cuando apareció en un vídeo filmado por asociados de Jackson para refutar un documental que fue considerado perjudicial para la reputación del cantante.
Pero agregó que cuando la mujer se presentó ante el tribunal para declarar contra Jackson, estaba despeinada y no llevaba maquillaje.
“Cuando se presentó ante el tribunal parecía una Madre Teresa que acabase de caerle un aguacero”, dijo Cook el martes en un programa televisivo. “Yo sentí que ella trataba de despertar nuestra compasión”.
El presidente del jurado, Paul Rodríguez, dijo el martes en otro programa noticioso matinal que al parecer la madre del muchacho lo escogió como aliado porque tanto ella como él eran hispanos.
“La madre me miraba y chasqueaba los dedos y parecía decirme: ’Usted sabe cómo es nuestra cultura’. Y me guiñaba los ojos”, dijo Rodríguez. “Pero yo pensé: ’No, nuestra cultura no es así”.
Los jurados dijeron que, a medida que avanzaba el juicio, comenzaron a considerar a Jackson más como una persona común y corriente en lugar de una celebridad.
Y Rodríguez dijo que Jackson, a su manera, les agradeció el veredicto.
“El nos miró” desde su mesa, dijo el presidente del jurado. “De hecho, yo lo miré directamente a los ojos cuando se leía la última parte del veredicto, y el dijo abiertamente, moviendo los labios: Gracias”
Pero no todo fueron rosas para Michael, tambien esta la contrapartida, la vision de los derrotados:
Para empezar, cabe acordar que durante el caso, Jackson se asoció con un abogado de la mafia de Miami, quien le pagó la fianza (en la corte se habló de la quiebra del músico). Luego se le unió al grupo la Nación del Islam, que apareció como su guardia personal.
También abundaron supuestas crisis de salud del artista. La última de ellas afectó su espalda.
Víctor Gutiérrez no sólo escribió el libro Michael Jackson Fue mi Amante, que la justicia utilizó en el caso. Además vendió los derechos para una película y ha cubierto el juicio para la importante cadena ABC, de EE.UU.
Por eso el periodista chileno estaba en la misma corte, a unos pasos de los protagonistas. Y desde allí asegura que "aquí ganó la fama. Con esto quedó demostrado que a los famosos, a las celebridades en Estados Unidos no les pasa nada, aunque haya pruebas en su contra. El sistema le ha regalado a Jackson una licencia para abusar de cualquier niño".
Gutiérrez agrega que "por eso Jackson no va a dejar de sentir atracción por menores, va a seguir saliendo con ellos y ahora con mayor razón".
Para el reportero "Santa Bárbara (donde está la corte de Santa María) es un pueblo de campesinos y a un grupo de estas personas les tocó integrar el jurado de un caso muy importante. Escogieron a más ignorantes del lugar y esta es una falencia del sistema judicial norteamericano. Ahora están desesperados por escribir libros, por dar entrevistas, conocen a todos los periodistas".
Y detalla que "a algunos jurados les pedí una nota pero inmediatamente me preguntaban '¿cuánto pagas?', '¿con quién hay que negociar?', '¿para qué medio es?'. Estaban contentísimos de conocer a Michael Jackson y seguramente van a terminar todos en un asado en el rancho de Jackson".
Finalmente, Víctor Gutiérrez señala que "me da pena, sobre todo por las familias de las víctimas".
Estas son las acusaciones de las que fue absuelto el cantante estadounidense Michael Jackson (los cargos del 2 al 5 constituían, según el tribunal, "crímenes graves"). La razón: no hubo evidencia suficiente para considerarlo culpable.
Abuso sexual contra un menor de 14 años en el período comprendido entre el 20 de febrero y marzo de 2003. El primer cargo de abuso fue atestiguado por James Doe (término legal que se le dio al hermano del supuesto abusado).
Michael Jackson fue acusado del delito grave de conspiración en el período comprendido entre el 1 de febrero y el 31 de marzo de 2003. El músico se habría vinculado con otros conspiradores y co-conspiradores (cuyas identidades se desconocen) para cometer delito agravado de secuestro de un menor, delito agravado de falsa prisión y delito agravado de extorsión con el fin de llevar a cabo los objetivos y propósito de la mencionada conspiración en particular.
Abuso sexual en el período comprendido entre el 20 de febrero y el 12 de marzo de 2003 en el segundo cargo de abuso atestiguado por James Doe.
Intento de abuso sexual en el período comprendido entre el 20 de febrero y el 12 de marzo de 2003. Abuso sexual de un menor de 14 años en el período comprendido entre el 20 de febrero de 2003 y el 12 de marzo de 2003. Por su propia voluntad cometió un delito de abuso sexual con ciertas partes del cuerpo de John Doe (término legal que se le dio a la presunta víctima para guardar su anonimato) con la intención de estimular y satisfacer los deseos sexuales del acusado y del niño.
Suministro de un agente tóxico con el objetivo de cometer un delito agravado en el período comprendido entre el 20 de febrero y el 12 de marzo de 2003. Ilegalmente habría suministrado a John Doe alcohol con la intención de cometer abuso sexual.
Después del juicio apareció, nervioso y con la voz quebrada, el fiscal Tom Sneddon en la conferencia de prensa posterior al fallo. Esta había sido su segunda derrota frente al cantante, a quien también trató de enjuiciar en 1993 por el supuesto abuso de otro niño de 13 años: Jordie Chandler. Un caso emblemático que fue arreglado con un pago millonario fuera de corte.
"Hicimos lo correcto por las razones correctas", dijo Sneddon cuando le preguntaron si fue adecuado acoger el reclamo de la familia demandante. Luego dijo que él y su equipo habían aprendido "varias lecciones" de este caso; una de ellas era el "factor celebridad".
Pero tampoco podemos ignorar lo que Michael Jackson hizo por los más necesitados. Dedicó gran parte de sus esfuerzos y recursos económicos a la ayuda humanitaria, siendo calificado por el Libro Guinness de los récords como el artista que más dinero ha donado a caridad en la historia, con 300 millones de dólares.
Desde pequeño, cuando regalaba dulces con el dinero que ganaba en sus actuaciones, hasta el megaproyecto USA for África, que inicio junto a Lionel Richie y que recaudó millones de dólares para este continente, Jackson mostró una fuerte motivación filantrópica a lo largo de su carrera y su vida.
Durante el rodaje de un anuncio publicitario para Pepsi, Jackson sufrió quemaduras de tercer grado en el cuero cabelludo y otras partes de su cuerpo. Como compensación, la compañía le pagó un millón de dólares que el artista donó a un hospital para quemados, llamado desde entonces "Centro de Quemados Michael Jackson". También donó 500.000 dólares para el "United Negro College Fund" y fundó la organización benéfica "Heal the World", dedicada a ayudar a niños de todo el mundo.
Su rancho Neverland fue abierto en múltiples ocasiones para que niños con enfermedades terminales y de orfanatos pudieran acudir gratuitamente. También en sus conciertos solía regalar boletos para niños desfavorecidos. Asimismo, en varias de sus canciones ha hecho gala de sus ideales en pro de un mundo mejor, como Earth song, We are the World, Heal the World, The lost children, Man in the mirror o Black or white. Otros temas, que pueden ser considerados como protestas contra la sociedad, son: They don't care about us, Scream, Tabloid junkie, Money, Little Susie...
El 11 de septiembre de 2001, tras los ataques terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York, decidió crear un proyecto similar a "USA for África", reuniendo a numerosos artistas para la grabación del tema benéfico What more can i give, compuesto por el mismo y que contó con una versión en español.
Michael Jackson fue nominado en dos ocasiones para recibir el Premio Nobel de la Paz y ha obtenido numerosos premios por su humanitarismo. Estas han sido todas las instituciones que Michael Jackson apoyó:
AIDS Project L.A., American Cancer Society, Angel Food, Big Brothers of Greater Los Angeles, BMI Foundation, Inc., Brotherhood Crusade, Brothman Burn Center, Camp Ronald McDonald, Childhelp U.S.A., Children's Institute International, Cities and Schools Scholarship Fund, Community Youth Sports & Arts Foundation, Congressional Black Caucus (CBC), Dakar Foundation, Dreamstreet Kids, Dreams Come True Charity, Elizabeth Taylor Aids Foundation, Juvenile Diabetes Foundation, Love Match, Make-A-Wish Foundation, Minority Aids Project, Motown Museum, NAACP, National Rainbow Coalition, Rotary Club of Australia, Society of Singers, Starlight Foundation, The Carter Center's Atlanta Project, The Sickle Cell Research Foundation, Transafrica, United Negro College Fund (UNCF), United Negro College Fund Ladder's of Hope, Volunteers of America, Watts Summer Festival, Wish Granting, YMCA - 28th Street/Crenshaw.
En fin, un personaje polémico si los hay, que dedico su vida a la música y a autodestruirse físicamente. Se dijo que estaba muy enfermo, pero ninguna enfermedad justifica tantas cirugías estéticas en el rostro. Dicen que su blancura era consecuencia de padecer vitíligo. Pero el vitíligo no hace que las personas dejen de tener una nariz típica de la raza negra para tener primero una pequeña y delicada nariz respingada y finalmente casi no tener nada, ni hace que desaparezcan las motas del pelo para convertirse en Lazio.
Le gustaba dormir con los niños y jugar con ellos a tal punto que se lo creía un niño que no quería crecer, pero en cada uno de sus pasos de baile se podía apreciar claros gestos sexuales como el agarrarse los genitales. En su mansión de Neverland se organizaban fiestas en donde las drogas y el alcohol corrían como reguero de pólvora y allí estaban sus niños presenciándolo todo.
Un genio único que nos regaló un montón de música para seguir disfrutando para siempre, un bailarín admirado por figuras de la talla de Fred Astaire y James Brown, un cantante con una voz increíble que era admirado por Frank Sinatra.
Su timbre vocal es contratenor, tenor, barítono. Su nota más alta es E6 y la más baja es E3 Su rango vocal es de 3.6 octavas + (44 notas a mediados de los 80s de acuerdo con Seth Riggs, consultor vocal de jackson. En 1990 riggs dijo que el rango de Michael se expandía hasta 4 octavas. Aparentemente, debido a la edad, Jackson adquirió la capacidad de hacer notas más bajas, sin perder las altas).
Michael Jackson es considerado uno de los mejores vocalistas de música popular en la historia. Su característico timbre vocal, versatilidad, rango y capacidad expresiva son algunas de las razones que se podrían mencionar
Michael Jackson fue reconocido como uno de los artistas más innovadores en el campo del vídeo clip, habiendo recibido numerosos premios por la calidad de sus trabajos visuales, argumentativos, estilísticos, tecnológicos y de coreografía.
No se que pensar de Michael Jackson mas que esperar que, donde esté ahora, pueda ser juzgado como se merece, con justicia infinita.
Aquí va una serie de videos de temas que me gustan mucho a mi. Primero el que me dejó boquiabierto la primera vez que lo vi: Give in to me.
Aquí otro de sus impresionantes videos por lo musical y por las imágenes que realmente impactan: They Don't Care About Us en su versión carcelaria menos conocida. Esta versión fue censurada en su momento.
Aquí otro gran tema y fantástico video, Scream que canta con su hermana Janet. Tranquilo Michael, ya han dejado de presionarte aquí en la tierra.
En el día de hoy voy a dedicar este SE ME CAE LA BABA POR TI a una génia, una belleza única, una fabulosa mujer súper talentosa y uno de esos amores secretos que uno guarda desde hace mucho tiempo: Natalie Portman
Natalie nació como Natalie Hershlag, el 9 de junio de 1981 en Jerusalén, Israel. Fue la primera y única hija de un doctor israelí (razón por la que nació allí) y de una famosa actriz de Cincinnati. Cuando cumplió tres años, Natalie y su familia emigraron a Estados Unidos; primero a Washington D.C. y después a Nueva York.
Habla hebreo, inglés, además ha tomado clases de francés, japonés, alemán, pero no los domina. También habla algo de español. Es judía no religiosa y vegana desde los ocho años y, según ha manifestado, no toma alcohol ni drogas.
Antes de los 12 años, sus padres le habían cambiado el apellido judío por otro más fácil y comercial, el de su abuela, para favorecer así su carrera artística. Comenzó como modelo, aunque su estatura, algo inferior a 160 cm, hizo que buscara iniciar su carrera artística por otras vías.
Su debut cinematográfico lo tuvo Portman a los 12 años en "Léon el Profesional" (“El perfecto asesino”), película de Luc Besson estrenada en 1994 y que se convirtió en película de culto para mi. Rodó sus escenas durante las vacaciones.
Esta exigencia la ha mantenido en posteriores películas, lo que le ha permitido iniciar la carrera de Psicología. Sus padres obligaron a suprimir una escena en la que debía aparecer desnuda (siempre discutí con mi amigo Calamardo que llega a tener relaciones con Leon en una escena muy sutil de la película) y a rectificar el guión en los pasajes en que la niña se mostraba fascinada por la violencia.
En los años siguientes Portman intervino en "Beautiful Girls" (1995), de Ted Demme, en "Heat" (1995), en la que actuó con Al Pacino, en "Mars Attacks" (1996), de Tim Burton y en "Todos dicen I Love You" (1996), de Woody Allen. Esta última resultó ser una experiencia dura para una actriz juvenil, ya que Allen prefiere no dar instrucciones precisas a sus actores y obtener registros de improvisación.
En 1996 Portman tuvo que abandonar su intervención en "Romeo y Julieta", de Baz Luhrmann, debido a la diferencia de edad entre ella y Leonardo DiCaprio. Por otra parte rechazó ofertas de trabajo en "Lolita" (1997), de Adrian Lyne, debido a su alto contenido sexual, y en "La tormenta de hielo" (1997), de Ang Lee, debido a que su personaje era demasiado siniestro.
En "A cualquier otro lugar "(1999), de Wayne Wang, también obligó a eliminar las escenas en las que debía aparecer desnuda. Los productores quisieron sustituirla, pero Susan Sarandon, protagonista de la película, se negó a ello (cuando no Susan, siempre metiendo pechera a las balas). Portman fue nominada a un Globo de Oro como mejor actriz de reparto, que se llevó Angelina Jolie.
A los 18 años Portman se independizó de su familia y de sus asesores. "La fuerza del amor" (1999), de Matt Williams, fue el primer trabajo que realizó sin sus padres, y el primero en que hizo una escena de amor. Interpretó también por primera vez el papel de madre. Fue criticada por su fallido intento de imitar un acento sureño.
Portman ha actuado en los tres últimos episodios de "Star Wars", de George Lucas. Fue contratada en 1997 para estas tres películas. Curiosamente, no había visto ninguno de las anteriores y tardó en aceptar.
Rodó el primer episodio a los 16 años durante el verano de 1997, el segundo a los 19 años durante el verano del 2000 en Australia, Tunez, España e Italia y Marzo del 2001 en Londres, y el tercero a los 22 años en los estudios de Fox en Australia durante el 30 de Junio hasta Septiembre de 2003. Su papel en esta nueva trilogía fue el de la reina y después senadora Padmé Amidala, esposa de Anakin Skywalker y madre de Luke y Leia.
En 2003, inmersa en la finalización de sus estudios superiores de psicología, participa en "Cold Mountain" de Anthony Minghella con un pequeño papel de mujer abandonada con un hijo pequeño.
En el verano de 2004 llegó "Algo en común", un inesperado éxito de público y crítica en Estados Unidos, con la que demostró que podía participar en películas independientes. Aunque tendría que esperar a finales de año, con el estreno de "Closer" de Mike Nichols, para su confirmación como estrella y gran actriz.
Gracias a esta película consigue un Globo de Oro a la Mejor Actriz Secundaria por su papel de Alice. No sería esta la última buena noticia, ya que también fue nominada a los Oscars por este mismo papel en la categoría de Actriz Secundaria, aunque esta vez no se llevaría la estatuilla.
En 2005 estrena la independiente "Free Zone" de Amos Gitai y la superproducción "V de Vendetta" de James McTeigue, para la que se rapó totalmente la cabeza (otra película de culto para mí).
En 2006 graba en España, "Los fantasmas de Goya" de Milos Forman junto a Javier Bardem y Javier Alcázar, interpretando a la musa del genial pintor Goya. Los escenarios son variados, destacando los exteriores rodados en el Parque "El Retiro" de Madrid así como en el Palacio del infante Don Luis de Boadilla del Monte.
La actriz ha estado varias veces en España, rodó una escena en la Plaza de España de Sevilla, en "Star Wars Episodio II: El Ataque de los Clones", y recientemente para rodar "Los fantasmas de Goya" ha estado en Madrid y Segovia.
En 2007 estuvo en la película con producción americana del aclamado director asiático Wong Kar Wai, "My Blueberry Nights" (película de la que ya he hablado en este blog).
A continuación rodó la película del debutante Justin Chadwick que lleva por título "Las hermanas Bolena" y cuya sinopsis trata sobre las hermanas Ana y María Bolena, las cuales se enfrentaron por el amor del rey Enrique VIII. El gran aliciente del film es que las hermanas fueron interpretadas por Natalie Portman y la actriz de moda Scarlett Johansson, respectivamente. Enrique VIII fue interpretado por Eric Bana.
Tras haber rechazado anteriormente papeles con escenas de desnudo, en el año 2007 ha realizado un corto de 12 minutos, "Hotel Chevalier" (que pueden ver al final del post), dirigido por Wes Anderson, en el que aparece totalmente desnuda. El film es una especie de prologo al extraño y excelente film "Viaje a Darjeeling".
Quienes vieron "Viaje a Darjeeling" podrán notar que toda la estética, movimiento de cámaras y banda sonora estan presentes en este corto.
También ha debutado como directora con el corto-comedia "Eve en la Mostra de Venecia" (2008). En fin, una ESTRELLA con mayúsculas.
Fuente: Wikipedia.
Aquí les dejo la primera audición que Natalie Portman dio para el papel de Matilda de “El perfecto asesino”
Aquí les dejo la primera parte del corto “Hotel Chevalier” que como ya mencioné es una especie de prologo a “Viaje a Darjeeling”, película que recomiendo mucho. Todo el corto dura aproximadamente 12 minutos.
Aquí la segunda parte del corto. Atención que seguramente Youtube les pedirá que se registren porque el video contiene escenas muy subidas de tono con desnudo total de Natalie y todo.