miércoles, 20 de mayo de 2009

El asombroso viaje de Pomponio Flato

Me acabo de terminar “El asombroso viaje de Pomponio Falto”, la ultima novela de Eduardo Mendoza que si bien es bastante corta en paginas (190 paginas), no deja de ser muy disfrutable. Parodiando con seriedad las novelas histórico-religiosas, Mendoza nos introduce en un escenario muy conocido pero visionado de una manera muy distinta que se mueve entre lo ridículo y lo factible, fiel a su estilo pero autoinventandose a la vez.

En algún lado leí que alguien decía que si bien los acontecimientos narrados por el personaje son inverosímiles, todo termina teniendo una especie de explicación lógica que al final uno se termina preguntando ¿y por que no?

La historia narra el viaje de Pomponio Flato, un caballero romano de la orden equina, por los confines del imperio a la búsqueda de unas misteriosas aguas de propiedades cuasi milagrosas que no le caen nada bien a su organismo (de ahí su peculiar predisposición a las incontroladas detonaciones orgánicas).

Al llegar a Nazaret el azar y su precaria fortuna le obligan aceptar la oferta del niño Jesús que le pide investigar el brutal asesinato del rico Epulón, del que es acusado sin demasiadas pruebas su padre, José, el carpintero del pueblo, a cambio de veinte drenarios.

No hace falta ir demasiado lejos para notar que esencialmente esta es una novela policial bien al estilo Mendoza pero en un escenario distinto. Recuerda esta novela tanto a “El nombre de la rosa”, “El código Da Vinci”, "El misterio de la cripta embrujada” (sobre todo en el personaje aunque sean muy distintos) y películas como “La vida de Brian”.

Pero no voy a seguir metiendo más comentario y voy a dejar que el libro hable por su cuenta con estas citas que expongo a continuación.

La primera habla de cómo es Palestina y los judíos en la visión de un filósofo romano de segunda mano:

Palestina está dividida en cuatro partes: Idumea, Judea, Samaría y Galilea. Al otro lado del río Jordán, en la parte que limita con Siria, se encuentra la Perea, que según algunos también es parte de Palestina. En conjunto es tierra fragosa y mezquina. No así la Galilea, donde la Naturaleza se muestra más amable: el terreno es menos accidentado, no escasea el agua y las montañas cierran el paso al viento abrasador que hace estéril y triste la vecina región. Aquí crecen olivos, higueras y viñas y en los lugares habitados se ven huertos y jardines. Entre la población predominan los judíos, pero al ser tierra rica no faltan fenicios, árabes e incluso griegos. Su presencia, según Apio Pulcro, hace la vida soportable, porque no hay peor gente en el mundo que los judíos.

Aunque su cultura es antigua y el país se encuentra en medio de grandes civilizaciones, los judíos siempre han vivido de espaldas a sus vecinos, hacia los que profesan una abierta inquina y a quienes atacarían de inmediato si no estuvieran en franca inferioridad de condiciones. Rudos, fieros, desconfiados, cerrados a la lógica, refractarios a cualquier influencia, andan enzarzados en perpetua guerra, unas veces contra enemigos externos, otras entre sí y siempre contra Roma, pues, a diferencia de las demás provincias y reinos del Imperio, se niegan a aceptar la dominación romana y rechazan los beneficios que ésta comporta, a saber, la paz, la prosperidad y la justicia. Y esto no por un sentimiento indomable de independencia, como ocurre con los bretones y otros bárbaros, sino por motivos estrictamente religiosos.

Por extraño y cicatero que parezca, los judíos creen en un solo dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria. De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones.

Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad del empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no sólo es el mejor, sino el único que existe. Como tal, no ha de imponer a ningún otro dios ni su fuerza ni su razón y, en consecuencia, obra según su capricho o, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es implacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas.

Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber infringido las leyes que él les dio. Estas leyes, en su origen, eran pocas y consuetudinarias: no matar, no robar, etcétera. Pero andando el tiempo, a su dios le entró una verdadera manía legislativa y en la actualidad el cuerpo jurídico constituye un galimatías tan inextricable y minucioso que es imposible no incurrir en falta continuamente.

Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados, ni menos contradictorios que el resto de los mortales. Sí son, comparados con otras gentes, más morigerados en sus costumbres. Rechazan muchos alimentos, reprueban el abuso del vino y las sustancias tóxicas y, por raro que suene, no son proclives a darse por el culo, ni siquiera entre amigos.

Hasta hace unos años, las cuatro partes de Palestina estuvieron unidas bajo un solo rey, hombre admirable y decidido partidario de Roma, pero a su muerte estallaron conflictos sucesorios y Augusto, para evitar enfrentamientos, dividió el país entre los tres hijos del difunto. Al que correspondió esta parte de Palestina se llama Antipas, pero al acceder al poder unió a su nombre el de su ilustre padre, por lo cual se hace llamar Herodes Antipas. Es, a juicio de mi informante, un individuo astuto, pero de carácter débil, por lo que se ve precisado a recurrir constantemente a las autoridades romanas para hacerse respetar por su pueblo. De este modo lo mantiene a raya, pero a costa de una impopularidad que va en aumento a medida que pasan los años.

Con el pretexto más nimio podría producirse un levantamiento y, de hecho, raro es el mes en que no surge un foco de rebelión, como el que motivó la intervención de Liviano Malio y los legionarios en cuya compañía he viajado hasta ahora. Por fortuna, estos disturbios son aislados, efímeros y fáciles de sofocar, ya que es difícil que los judíos se pongan de acuerdo y unan sus esfuerzos. Los partidarios más acérrimos de la rebelión son los sacerdotes, que se dicen intérpretes de la palabra de Dios, pero su misma condición de sacerdotes los hace de natural holgazanes, acomodaticios y propensos a estar a bien con el poder.

Aun así, caldean los ánimos con sus discursos y de cuando en cuando prometen la venida de un enviado de Dios que conducirá al pueblo judío a la victoria definitiva sobre sus enemigos ancestrales. Esta profecía, común a todos los pueblos bárbaros oprimidos, ha calado hondo en esta tierra levantisca, por lo que a menudo aparecen impostores que se arrogan el título de Mesías, como aquí llaman al presunto salvador de la patria. Con éstos Roma actúa de modo expeditivo.

Pero lo más jugoso del libro esta en las conversaciones del protagonista con el niño Jesús intentando educarlo en las artes filosóficas:

—Di, raboni, ¿por qué dijo Lázaro que los últimos serán los primeros?
—Porque es un imbécil. Y no me hagas hablar, porque estoy enfermo y sin comer, y a este ritmo, se me corta el resuello.

Aquí Pomponio intenta consolar al niño Jesús por la perdida de una amiga:

—No llores —le dije sentándome a su lado—. Los hombres no deben llorar. ¿Sabes por qué? Porque es signo de debilidad y la debilidad invita al abuso o a la compasión, dos cosas dignas de ser evitadas.
Se enjugó las lágrimas y yo proseguí diciendo:

—Ya te advertí en su momento que no debías hacerte ilusiones con esa clase de mujeres. No obstante, comprendo tu dolor y en buena medida lo comparto, pues, a pesar de mi razonamiento, también yo me sentía atraído por aquella mujer dulce e infortunada. Ya ves, si nuestros deseos se hubieran cumplido, yo me habría podido convertir en tu suegro. Pero el hado ha dispuesto que nuestras vidas tomaran otros derroteros, y ¿quién es el hombre para oponerse a los dictados del hado?

—¿Todo lo que ocurre, ocurre por voluntad de Dios, raboni?
—No lo sé. Pero si es así, debemos perdonarle, porque Dios o los dioses del Olimpo no conocen el dolor de perder a las personas queridas, y esto los hace inferiores a nosotros.
Jesús me miró intensamente y exclamó:
—¿Eso que dices no es una blasfemia?
—Seguramente sí. Blasfemar es otro privilegio privativo de los hombres. No sirve para mucho, pero, en ocasiones como la presente, no viene mal.

Jesús inclinó de nuevo la cabeza y guardó silencio. Al cabo de un rato preguntó:
—Pero algún día volveremos a verlas, ¿verdad,
raboni? Quiero decir que todos nos volveremos a encontrar en la vida eterna. Porque está escrito que el alma es inmortal.

—De las muchas cosas escritas, muy pocas están verificadas. Sócrates estaba convencido de la inmortalidad del alma, así como Platón. Pero en esto, con toda humildad, disiento de tan grandes maestros, por las razones que a continuación expondré. Ante todo, partamos del supuesto de que el hombre se compone de dos partes bien diferenciadas, esto es, la materia y el espíritu, o, lo que es lo mismo, el cuerpo y el alma. El alma es lo que infunde vida al cuerpo, de tal modo que cuando lo abandona, el cuerpo deja de funcionar y decimos que el hombre a quien pertenecía ha muerto.

En cambio el alma sí puede existir sin el cuerpo, como demuestra el hecho de que cuando el cuerpo está inanimado, ya cuando duerme, ya cuando por alguna otra causa ha perdido el conocimiento, el alma lo abandona y va a su antojo, liberada de toda atadura, por lo que puede salvar las mayores distancias en un instante, incluso desplazarse en el tiempo, transmutarse en otra persona sin perder por ello la conciencia de su propia identidad, y tener contacto con seres vivos o muertos, humanos o animales, incluso con monstruos o quimeras, así como acometer hazañas que el cuerpo sería incapaz de realizar, o disfrutar de deleites que al cuerpo le resultarían inalcanzables, por no hablar de todo tipo de perversiones.

A estas experiencias las llamamos sueños. No obstante, si los analizamos un poco, veremos que en estos episodios el alma obtiene más pesares que alegrías, a menudo sufre persecuciones, opresiones, angustias y tristezas, y se halla siempre en un estado de gran confusión, como si hubiera perdido el juicio.

Por eso, al cabo de muy poco tiempo, regresa al cuerpo y lo despierta con gran prisa y agitación, y cuando de nuevo se une a él, se tranquiliza y experimenta tal bienestar que los problemas y molestias de la vida real le parecen nimios en comparación con los apuros que ha en sus correrías.

Y si es así, ¿qué sucederá si después de la muerte el alma se ve obligada a vagar eternamente, sabiendo que regresar al cuerpo que la contuvo, puesto que éste se ha reducido a polvo? Por esta razón, muchos pueblos embalsaman y momifican a sus muertos, procurando conservar lo mejor posible el cuerpo, para que el alma no se vea del todo privada de él.

Pues si bien el alma, por su capacidad, parece pertenecer al mismo orden natural que los dioses, en realidad es inferior al cuerpo, y está subordina sólo con él consigue protección y sosiego. Por todo ello, no me parece lógico que los dioses nos hayan condenado a un suplicio semejante, y prefiero creer que una vez apurados los trabajos y sinsabores de esta vida, cuando nuestro cuerpo deje de sentir, el espíritu también encontrará su descanso regresando a la nada en la que estaba tan plácidamente antes de haber nacido.

Genial, simplemente genial. Lo recomiendo a todo aquel que guste de Mendoza y a quienes quieran pasar un rato divertido y serio al mismo tiempo.

7 comentarios:

Stefani dijo...

Pues este no me lo he leído pero me encantaron El laberinto de las aceitunas y El misterio de la Cripta embrujada.
Y por supuesto Sin notcias de Gurb! qué gracioso!

calamardo dijo...

la verdad que despues de haber leido tantas historias parecidas de mendoza, no me explico como siempre se las ingenia para crear personajes y situaciones que te hacen morir de risa. con la cripta, el laberinto, la peluqueria, sin noticias de gurb y no se cuantas mas, crei que ya estaba agotado. por suerte no es asi. tratare de conseguirme este libro. gracias por la recomendacion y el articulo. genios. ambos.

Olivia Güel dijo...

Diversión asegurada. Muchas gracias Corto Maltés por tu buen gusto al seleccionar las obras y autores que nos das a conocer.

Un abrazo!

Corto Maltes dijo...

Stefani - Creo que "Sin noticias de gurb es la novela mas comica que leí jamas, despues de ella viene la estupenda "Guia del autoestopista galactico".

Calamardo - Se de buenas a priemras que esta novela te va a gustar mucho. Ademas es una pasada porque se lee de un tiro.

Olivia - Tu tampoco te quedas atras en tus recomendaciones de novelas ;)

Stefani dijo...

ohhhh Guía del autoestopista galáctico está super bien!
Y la película también está bastante lograda!

Lalaith dijo...

Me encanta Eduardo Mendoza. Este libro me lo regalaron el año pasado por mi cumpleaños, y me lo leí hace unos meses. Me pareció genial, como todos los de Mendoza.

Corto Maltes dijo...

Stefani - Guia del autoestopista fue uno de los libros que mas me costó consguir y cuando al fin lo tube me sente a leerlo esperando que valiera la pena y no me defraudó para nada.

Lalaith - Otro libro y autor en el que coincidimos jeje.